En este año, como cada Semana Santa, nos fuimos de misiones, solo que esta vez, hemos tomado diferente ruta. Entre las montañas del centro del estado de Oaxaca se encuentran las 49 comunidades de la parroquia de Chalcatongo de Hidalgo, a las que fuimos enviados. El padre Juan y su servidor, cinco seminaristas y 58 laicos misioneros hemos sido testigos del Cristo sufriente encarnado en tantas personas necesitadas en muchos sentidos, pero que, al mismo tiempo, por su fe y su caridad, son testimonios claros de la presencia de Jesús el Señor, el Resucitado.
Vivir la Semana Santa en las comunidades mixtecas de Oaxaca ha sido hermoso, y esta expresión Cutha oda, que se usa en aquella zona para decir Gracias, es sin duda la palabra más significativa y el sentimiento más sincero que me ha quedado en el corazón.
Cutha oda, a Dios, por el misterio de la redención, por el sacrificio de Jesús en la cruz y por su resurrección. Cutha oda, a todas aquellas personas que nos han recibido en sus hogares, y con sus gestos fraternales nos han dado tanto.
P. Horacio Pérez
El viernes 25 de marzo partimos con un grupo compuesto por jóvenes, adultos, y algunos niños, lo que permitió que la riqueza de conocimientos transmitidos fuera muy grande. El objetivo principal, era claro, compartir la alegría del Evangelio, llevar el mensaje de salvación y el anuncio del Reino de Dios a nuestros hermanos de Oaxaca. Transcurridas más de 19 horas de camino, llegamos a la comunidad de Benito Juárez del municipio de Yosonotu, donde la gente, entusiasmada por nuestra llegada, nos esperaba para celebrar la Eucaristía, con la música tradicional, una rica comida y un delicioso tepache.
Al finalizar la comida, nos preparamos para viajar a nuestras respectivas comunidades para dar inicio a la Semana Mayor y vivir una bella experiencia. La localidad donde mi equipo llegó, tiene el nombre de San Esteban Atatlahuca, una cálida y acogedora comunidad. Allí encontramos gente trabajadora, que día a día lucha para seguir adelante, rica en tradiciones, y con una gran fe.
Nuestra experiencia de misión se fue en cruzar arroyos, recorrer veredas y carreteras para encontrarnos con las personas, enriqueciéndonos de grandes experiencias de vida, testimonios que nos impulsaban para seguir compartiendo aquello que llevábamos, el anuncio del Reino. Nuestra estancia dentro de la comunidad, nos ayudó a reconocer la grande tarea del misionero y la necesidad de formar nuevos misioneros que den a conocer la grandeza del Evangelio y su mensaje de esperanza, dado que gran parte de la población solo cuenta con el sacramento del bautismo. De modo que aún hay mucho trabajo por hacer.
Fernando Mendoza, seminarista xaveriano
Escucharte cantar, es sentirme en los brazos de mi madre cuando era niño, me gustaría llevar tu canción a mi hermano que está muy grave en el hospital, me dijo Sabás, después de grabar con su celular el canto Un día caminaba, que tanto lo había conmovido. Sabás es un hombre joven, trabajador, padre de tres hijos y que representó a Jesús en el viacrucis de este año. De él aprendí mucho, me mostró la gran fe con la que vive día a día y que muchas veces a mí me falta.
Sabás como la mayoría de los hombres de la comunidad, trabaja en el campo y de ello depende su subsistencia, sin embargo, no siempre tienen éxito por el mal tiempo, pero aun así es muy feliz, no se preocupa tanto por el futuro, pues dice que pone su vida en manos de Dios. Las señoras viven tranquilamente de una manera tan sencilla, que hasta resulta envidiable ver su sonrisa a pesar de que a veces tengan que recorrer largas distancias para obtener agua, que no tengan luz eléctrica en sus hogares o de que tengan que levantarse a las cuatro de la mañana para empezar a preparar las tortillas. Los niños a su vez son maravillosos, con una inocencia (ahora tan difícil de encontrar en la ciudad), con una gran capacidad de aprendizaje y atención que nos dejó muy sorprendidos, sobre todo cuando se trataba de bailar y cantar.
En sí, ha sido una experiencia muy bella, y como siempre uno cree que va a enseñar o a evangelizar, pero los que terminamos aprendiendo somos nosotros mismos, aunque parezca increíble. Son estas personas, las que muchas veces marginamos, excluimos y hasta subestimamos, las que terminan enseñándonos sobre el valor de la humildad, la generosidad, la alegría, el trabajo, la fraternidad y muchas otras cosas que tantas veces olvidamos vivir en nuestra vida diaria como cristianos.
Francisca Lucía Gómez
Todo comienza con el gran deseo que tenía de ir de misiones, no solo yo, sino con toda mi familia. Muchas veces lo habíamos intentado, pero por una u otra cosa de último momento no habíamos podido ir.
A nosotros nos tocó estar en Yucunicuca, una comunidad que se encuentra en un paisaje hermoso en lo alto de la montaña. Las personas viven en casas de madera, algunos no tienen estufa, refrigerador, ni regaderas. Son gente que vive de lo que siembra, su maíz y sus frijoles, son gente agradecida con la tierra que les proporciona el alimento, pero sobre todo nos dimos cuenta que son personas que tienen sed de conocer y aprender de Jesús.
Por las mañanas visitábamos las casas para invitarlos a las pláticas que dábamos por las tardes, en las cuáles les explicábamos alguna parábola y compartíamos nuestra experiencia. Fue entonces cuando me di cuenta de su gran interés, pues me pedían una copia de lo que había leído, y me decían que les gustaría mucho hubiera a alguien que les explicara más seguido.
Un día un señor nos pidió que fuéramos a ver a su papá, estaba vendado en todo su cuerpo por las llagas sufridas, debido a que su casa se había quemado y él se encontraba dentro al momento del incendio. El papá nos recibió con tanto amor porque sabía que íbamos a hacer una oración por él. Fue una experiencia muy bonita el poder acompañar a estas personas que con tanto amor nos reciben sin conocernos, me sentí como si fuera parte de su familia.
Cuántas historias conocimos; cuántas cosas vimos. Me doy cuenta que existe un abismo entre platicar una experiencia de este tipo a vivirla, fue como entrar a otra parte de México que vive radicalmente de forma distinta. Mis tres hijos de once, nueve y siete años estuvieron felices esos días porque nos trataron como familia y se dieron cuenta de cuanto amor podemos compartir como seres humanos, ellos hacia nosotros y nosotros hacia ellos.
Familia Aguirre Llerena



