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P. juan Olvera

Todo por el bien de mis hermanos

El padre Aquiles nació en Merate, Italia, el 29 de febrero de 1928. Desde pequeño, Aquiles se distinguió por inquieto, alegre y travieso. Sin embargo, tenía un buen corazón, cuidaba y alegraba a las ancianas del asilo y les compraba sus medicinas. Le gustaba jugar futbol de portero y era hábil para la pintura. Después de clases, pasaba la mayor parte de la tarde en el oratorio, jugando futbol y escuchando las pláticas de los sacerdotes.

Cuando tenía quince años, el padre Lorenzo Lini, misionero xaveriano en China, visitó su pueblo. El encuentro con el misionero fue determinante. En su pueblo estaban asombrados, Aquiles el Travieso quería ser misionero. En octubre de 1943 ingresó al seminario menor de Grumone (CR). En septiembre de 1945, inició el año de noviciado en San Pietro en Vincoli (RA). La formación recibida en ese tiempo influyó y le ayudó a modificar su carácter de vivaz y exuberante a más reflexivo, introvertido y espiritual. Emite la profesión religiosa el 24 de septiembre de 1946. Al final del primer año de teología, tiene problemas de salud causadas por la tuberculosis. Hospitalizado en Sondalo vive con paciencia la enfermedad, pero se encuentra desconsolado por no poder continuar con los estudios teológicos, sin embargo, vive el momento con fe: Ofrezco todo por el bien de mis hermanos.  

El 26 de marzo de 1955, fue ordenado sacerdote, y es destinado a la comunidad de Vicenza para la enseñanza y el ministerio. Después, durante ocho años, pasa a formar parte de la comunidad de San Pietro in Vincoli con el cargo de confesor. En 1965 fue destinado a España, al seminario de Cortézubi. En 1967 fue nombrado maestro de novicios en la casa de Pozuelo de Alarcón, donde permanece hasta 1972.

En la primavera de 1973 llega a México para ser formador de los filósofos y teólogos en Guadalajara. Desde el principio fue notoria su dedicación al ministerio: todos los días, por la mañana, iba al hospital del Carmen para celebrar la Eucaristía y visitar a los enfermos. Posteriormente fue destinado a la Huasteca Hidalguense el 29 de octubre de 1974. Cada mañana, partía de Huejutla a Santa Cruz para visitar las comunidades acompañado por un catequista. Así lo recuerda el catequista Paulino: El padre Aquiles se dedicó rápidamente a visitar las familias, ayudar a los más pobres y a ocuparse de los enfermos, llevándolos al hospital, en caso de necesidad.

En enero de 1975, el padre José Rostí llegó a Santa Cruz en su ayuda. Recibieron un terreno y comenzaron la construcción de la parroquia. Ante la problemática el padre Rostí propone jerarquizar las prioridades de trabajo y el padre Aquiles responde: No tenemos tiempo que perder. ¿No ves que los enfermos mueren y que la gente sufre hambre? De aquel encuentro, nació el dispensario y una pequeña farmacia. Parece que no le costara el sacrificio dado que lo movía el amor por los pobres, los enfermos y la gente sencilla. En 1976 regresa a España, trabaja en la formación y estudia teología. En 1979 vuelve a México como vicario de la parroquia de Santa Cruz.

 Es elegido superior regional por tres períodos. Este servicio lo vivió como voluntad de Dios. Se enfocó en algunas realidades como el cuidado espiritual de las personas, la apertura de varias casas y cuidó la comunicación entre los hermanos. Experimentó una transformación profunda que tenía como centro la pertenencia a Jesús. Durante diez años fue maestro de novicios en la comunidad de Salamanca, acompañando a los novicios con gran dedicación y amor. Posteriormente es nombrado rector de la comunidad de San Juan del Río. A los setenta y seis años de edad, rico de experiencias, pero con el peso de los años, regresa al noviciado. Confiesa, trabaja en la pastoral, en la dirección espiritual, en la asistencia a los enfermos en todo momento y lugar que hubiese necesidad. Al final nos ha dejado un gran testimonio: Ha vivido su envejecimiento como encuentro alegre con el Señor y los hermanos: la gente lo buscaba para conversar, confesarse, celebrar la Eucaristía y asistir a los enfermos. Sacrificando sus energías ya reducidas, decía que sí a todo.