¿Se podría presentar?
Soy la señora Francisca Payán de Rivera, cumplí ochenta y dos años. Soy la mamá del padre Jesús Paulo Rivera Payán (Mi Chuy), el tercero de mis diez hijos. Tengo muy buenos hijos, me cuidan y se preocupan por mí. Mi marido se fue al cielo el 21 de agosto de 1997, después de treinta y siete años de matrimonio. Cuando vivía mi marido llegamos a ser presidentes del Movimiento Familiar, dábamos pláticas prematrimoniales, acompañábamos a las parejas en su camino matrimonial, en la educación de los hijos. También apoyamos como presidentes de los Caballeros de Colón, visitábamos a los ancianos y repartíamos despensas.
¿Qué nos puede decir del padre Mi Chuy?
Cuando nació sentí que una luz entraba por la ventana. Su nacimiento trajo una gran alegría. Era tremendo y travieso, le gustaba jalar los cabellos de sus hermanas, lo que provocaba que se pelearan entre ellas.
¿Cómo nace la vocación a la vida misionera de su hijo?
Tengo dos hermanos sacerdotes: el padre Isidro Payán Meléndez en Ciudad Juárez, y el padre Alfonso Payán en Chihuahua. Cuando Jesús Paulo era niño le gustaba mucho verlos celebrar la Misa y me decía: Cuando sea grande seré sacerdote. Al terminar su preparatoria en el colegio Pereyra, se fue a España al noviciado de los Legionarios de Cristo, para cumplir su sueño de ser sacerdote, pero no funcionó. Después de esta experiencia lo veía muy triste y me decía: Mamá, me siento como viejito por no haber cumplido lo que quería. A veces me decía que le gustaría casarse y tener muchos hijos. En su búsqueda, conoció al padre Eugenio Juárez, xaveriano, quien lo invitó a conocer a los misioneros, lo animó y se fue a Salamanca, Gto., para iniciar la formación. Mi esposo también tuvo algo que ver con su vocación. Él nos llevaba a toda la familia a la Misa dominical. Decía: Mis hijos son mi negocio. En las noches hacíamos oración, en algunas ocasiones rezábamos el Rosario con todos los hijos para que durmieran tranquilos.
¿Qué sintió al momento en que su hijo decidió seguir su vocación?
La primera vez cuando se fue a España le dije: Si es tu vocación que sea para tu bien, y pedía que el Señor interviniera, aunque me doliera. El día en que partió como misionero a Mozambique, salí a mirar las estrellas diciendo: Señor, Tú lo estás viendo. Sentí mucha tristeza. En fin, para una madre la lejanía de los hijos causa tristeza, pero a la vez una está tranquila porque los hijos viven lo que les gusta hacer.
¿Algún momento de alegría que nos pueda contar?
Los hijos que Dios me ha dado son mi alegría. Cuando mi hijo Jesús encontró al padre Eugenio, su rostro cambió, se veía contento. Mi alegría es ver su dedicación y su entrega como misionero.
¿Algún mensaje que usted quiera dar a las mamás?
Quisiera felicitar a todas las mamás por ser madres. Me atrevo a decirles que apoyemos a nuestros hijos en su vocación, sea cual sea, si eso es lo que les gusta.
¿Una última palabra que nos quiera decir?
Saludo a todos los Misioneros Xaverianos. Si volviera mi hijo a ir a la misión, aunque me doliera, aceptaría la voluntad de Dios. Porque eso es lo que le gusta a mi hijo. Muchas gracias.



