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Xaverianos

POBREZA, condición de crecimiento y madurez

Autor: P. Álvaro Aguado R.
/ Nuestro Señor ha proclamado bienaventurados a los pobres y con esto nos ha revelado el secreto de la verdadera felicidad. La pobreza del Evangelio es  la liberación de toda esclavitud y la conquista de la plena libertad de espíritu, como proclama Cristo en el desprendimiento total hasta de la propia voluntad.

 El hombre, no encontrando en sí mismo la felicidad, la busca fuera de sí, en las cosas que lo rodean. Y pide esta felicidad a las riquezas, a las comodidades de la vida (1Jn 2,16), y se dedica a acumular, pero tiene más hambre que antes y ninguna riqueza puede salvarlo. Sólo aquel que ha escogido a Dios se siente feliz ya que posee el único Bien, la liberación de toda esclavitud y la conquista de la felicidad, no le falta nada. «Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5,3). La pobreza de espíritu es el desapegado a lo que se tiene, viviendo satisfechos y desprendidos con el corazón en Dios.

La pobreza se presenta bajo el más humilde semblante, pero la fe nos enseña que en ella se esconde la plenitud de la divinidad. Jesús nace pobre en una cueva, vive pobre por treinta años en la oscuridad de un taller, lleva a cabo su apostolado público alimentándose de la caridad de pocas personas fieles que lo reconocían como enviado de Dios, y muere desnudo sobre una cruz.

El, para superar la separación del género humano de Dios, la combate en todas sus consecuencias: vence la oscuridad de las riquezas mal usadas que embriagan y dividen con la luz de la pobreza de espíritu que congrega y alegra; combate las tinieblas de los placeres desordenados que confunden y destruyen con la luz de la caridad y de la paciencia que restaura y ennoblece. Para atraer a las almas, sugiere a sus Apóstoles la sobriedad, el desinterés por los honores y el amor por la humildad y exhorta a todos al desapego de las cosas de este mundo (Lc 14,33), ya que aunque no todos sean llamados a la pobreza efectiva, todos son llamados a la pobreza afectiva.

Jesucristo es ejemplo de toda virtud, pero también la Virgen santísima canta: “Ha mirado la humillación de su esclava. Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derribó a los potentados de sus tronos, y ensalzó a los humildes” (Lc 1,48-53). Dios se manifiesta a los humildes y les concede sus gracias generosas en todo lo que emprenden; ya que confían sólo en Él. Toda persona frente a Dios y a la naturaleza es igualmente sagrada y nadie tiene poder sobre ella sino sólo Dios.

Amemos la pobreza y el desprendimiento afectivo y efectivo de todas las cosas que aprisionan, porque con ella y el Crucifijo vencerán todo y a todos, después de haberse vencido a sí mismo. Para cultivar el espíritu de pobreza, hay que desprenderse de las costumbres inútiles o dañinas, del uso de objetos superfluos, viviendo sobriamente, administrando con moderación las cosas. «Teniendo alimentos y con qué vestirnos, conformémonos con esto» (1Tim 6, 8). Ésta es la pobreza que nos libra de todo apego y es algo íntimo que debe tener su morada en el corazón, desprendido de todo afecto terrenal. No basta entonces con renunciar materialmente a todo lo que se posee, o se pueda poseer, sino que tampoco se le debe guardar apego alguno. Sólo aquellos que, por libre elección, viven desprendidos pueden ser considerados pobres según el Evangelio. Sólo en la pobreza y con la pobreza es posible una evangelización eficaz. La pobreza evangélica requiere gestos concretos de desprendimiento; es cimiento necesario para la fraternidad e itinerario hacia la confianza plena en la Divina Providencia (Mt 6,33).