Por el sacramento de la penitencia, vale la pena repetirlo, nos es perdonada la culpa, pero permanece la mayoría de las veces una deuda con la divina justicia: la deuda de un castigo temporal. Deuda gravísima que nos sigue e impulsa; deuda que, si la tuviéramos que pagar nosotros mismos, nos costaría grandes sacrificios, largos, penosos, quizás años y años de rigurosa penitencia, años y años de pena en la tierra y de amargos tormentos en el purgatorio.
Nosotros podemos expiar la pena temporal, no solo con la satisfacción o penitencia sacramental, impuesta por el confesor, sino también con la satisfacción voluntaria, ayunos, limosnas, oraciones y especialmente el sufrir con cristiana resignación las tribulaciones de la vida presente. Lo podemos, no tengan duda. ¡Pero con cuanta desproporción hacia aquella deuda! Pero conformémonos, hermanos e hijitos queridos.
Para facilitarnos el pago, supliendo nuestra insuficiencia, y como ayuda a nuestra penitencia, he aquí justo el Santo Jubileo portador de indulgencia plenaria. Y aquí, traigan a la mente cuanto enseña el dogma católico: Jesucristo dio a Pedro y a sus sucesores, los romanos pontífices, a los apóstoles y a los sucesores de los apóstoles, los obispos, subordinados a Pedro, amplísima potestad de atar y de desatar, de modo que todo aquello que ellos desaten o aten en la tierra, es infaliblemente desatado o atado en el cielo. Potestad como ven sin límites ni reserva de ningún tipo, que comprende por lo tanto la potestad de absolver de todo vínculo, no solo de la culpa o de la pena eterna, sino también de la pena temporal; comprende, es decir, también la potestad de conceder indulgencias.
Tal potestad la usó de hecho el apóstol san Pablo con el incestuoso de Corintio, el cual teniendo en cuenta el gran arrepentimiento, abrevió la penitencia, y según el ejemplo de san Pablo, la usó constantemente y en todas partes la Iglesia de Jesucristo; y la usará hasta el ocaso de los siglos, ya que es inagotable, infinito es el tesoro espiritual puesto en sus manos: tesoro acumulado de los sobreabundantes méritos de Cristo, de su Madre, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, de los héroes de nuestra fe, y de los méritos sobreabundantes de todas las almas justas peregrinantes aun en la tierra. Sus oraciones, sus mortificaciones, todas sus buenas obras hechas, en virtud del gran y consolante dogma de la comunión de los santos nos pertenecen de algún modo y nos son comunes. Constituyen como la dote incomparable con la cual Jesucristo quiso enriquecer a su amada esposa la Iglesia.



