El Antiguo Testamento está lleno de aclamaciones a la misericordia de Dios, de experiencias concretas con muchas situaciones y personas pecadoras. Pocas veces el anuncio y proclamación de la misericordia se expande fuera de Israel, para con los pueblos paganos y toda la humanidad. Ciertamente un ejemplo maravilloso lo encontramos en el libro del profeta Jonás.
En una época en que la mentalidad del pueblo judío se había vuelto nacionalista, etnocéntrica, exclusivista, creyendo que Yahvé quería la salvación solamente para su pueblo elegido, este libro es el testimonio de una mentalidad abierta, de un Dios preocupado por todos los pueblos.
El relato empieza con la orden de Dios a un profeta de, ir a la gran ciudad de Nínive y proclamar que su maldad ha llegado hasta Dios (Jon 1, 1). Ciertamente a Dios no llega solo la maldad, como motivo de castigo (cfr. Jon 3, 4), sino sobre todo el sufrimiento del pueblo (cfr. Ex 3, 7) o incluso el llanto de un niño abandonado (cfr. Gn 21, 17).
Ya desde el comienzo el profeta llamado por Dios, manifiesta su insensibilidad, hostilidad, recelo con el plan de Dios en favor de un pueblo extranjero, por eso huye lo más lejos posible. Pero Dios no lo deja en paz y otra vez dirige la palabra a Jonás: Levántate y vete a Nínive la gran ciudad y anuncia lo que te digo (Jon 3, 1-2).
Hay un fuerte contraste entre Dios y el personaje de este relato: Jonás representa la mentalidad estrecha, cerrada, exclusivista de una gran parte de la historia del pueblo de Israel. Pero el mensaje de este librito es la misericordia sin límite de Dios para todos los pueblos. Jonás lo sospecha, pero no lo quiere aceptar: ¡Ah!, ¡Señor, ya me lo decía yo cuando estaba en mi tierra!... porque sé que eres un Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso, que se arrepiente de las amenazas (Jon 4, 2).
Sin embargo, Jonás está irritado y disgustado porque la misericordia de Dios ha quitado todo castigo contra Nínive la gran ciudad (cfr. Jon 3, 10; 4, 1). Aquí asoma una cierta ironía, que quiere llevar al lector a una autocrítica. ¿Es posible irritarse por algo tan bueno como la salvación de una gran ciudad? ¿Es posible enojarse tanto y hasta desear morir porqué Dios nos quita un poco de sombra?
Propiamente, Jonás no se queja por la sombra que le ha sido quitada, ya que había hecho una choza y estaba sentado a la sombra (Jon 4, 5), es más bien un pretexto ya que estaba enojado porque todavía estaba esperando el destino (la catástrofe) de la ciudad (Jon 4, 5).
El Señor proclama su maravillosa misericordia ante toda mezquindad, discriminación o exclusión: Tú sientes compasión de una planta, que una noche brota y la otra perece, ¿y yo no voy a tener compasión de Nínive, la gran ciudad? (Jon 4, 10-11).



