Esta obra de misericordia se encamina a aliviar otra necesidad básica: el vestido. Para profundizar este tema es importante que nos preguntemos: ¿qué es la desnudez? ¿Qué significa vestir al desnudo? ¿Quién anda desnudo por allí? ¿Cómo poner en práctica esta obra de misericordia?
En la Biblia la desnudez se relaciona con la situación del encarcelado (cfr. Is 20, 4; Hch 12, 8) y del enfermo mental que viven en condición de alienación (cfr. Mc 5, 1-20). En efecto, hablamos de la desnudez humillada del marginado, tal como se cuenta en el libro de Job hablando de los pobres: Pasan la noche desnudos, sin nada de ropa que ponerse, sin cobertor, a merced del frío... Andan desnudos, sin ropas y hambrientos (Job 24, 7.10).
Vestir al desnudo significa en la vida práctica regalar o ayudar al que necesita algo para vestirse o protegerse del frÍo. En el momento que ayudamos al desnudo, es bueno pensar que lo que debemos dar es lo que nos cuesta trabajo, lo que nos exige esfuerzo y lo que está en buen estado y es útil. Es en este sentido que Santiago en su carta nos anima a ser generosos afirmando: Si un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse ni qué comer, y ustedes les dicen: “Que les vaya bien, caliéntense y aliméntense”, sin darles lo necesario para el cuerpo; ¿de qué les sirve eso? (St 2, 15-16).
Mientras nosotros decimos que no tenemos nada que ponernos porque no vestimos según el último grito de la moda o lo que nos gusta, hay gente que literalmente no tiene con qué cubrirse las partes más esenciales de su cuerpo, hay millones y millones de personas en el mundo que viven desnudos, y miles que mueren de frío cada año sobre todo en invierno.
Pero en la actualidad vestir al desnudo no solo significa ayudar al que carece de ropa, sino que existen otros tipos de desnudez que tenemos que cubrir: revestir al prójimo con la dignidad de Cristo que nos hace hermanos, revestirlo de respeto para devolverle su dignidad como persona, revestirlo de protección, para que no siga siendo agredido, revestirlo con el manto de la caridad para darle su lugar, y no sea juzgado o señalado.
Sin embargo, hay algo mucho más grave que no vestir al desnudo, es el desnudar al vestido. ¿Y de qué manera? Cuando criticamos, humillamos injustamente, juzgamos o dañamos la reputación de alguien. Es en este sentido que san Agustín afirmó: Si, pues, ha de ir al fuego eterno aquel a quien le diga: estuve desnudo y no me vestiste, ¿qué lugar tendrá en el fuego eterno aquel a quien le diga: estaba vestido y tú me desnudaste?
¿Cómo poner en práctica esta obra de misericordia? Primero, tener la mirada fija en Jesucristo quien nos revistió de su dignidad, y nos hace ver y reconocer la necesidad del prójimo. Segundo, salir de nuestra zona de confort y abrir muy bien nuestros ojos para ver a nuestros hermanos necesitados, brindarles una vestidura limpia y respetable, que les permita reencontrar al Señor en la bondad de los demás. Tercero, compartir con aquellos que están desnudos.
Para concluir podemos decir que somos capaces de grandes proezas en favor de los demás cuando en ellos descubrimos al mismo Dios. Ojalá que esta obra de misericordia dé una buena sacudida a nuestro interior para desprendernos de algo y poderlo compartir con el que lo necesita, que sepamos vestirlo con dignidad y que sepamos por encima de todo respetar su pobreza.



