Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor (Job 1, 21-22).
Este texto tomado del libro de Job nos ayuda a ubicarnos directamente dentro de la cuestión medular de la vocación del ser humano, nos lleva a preguntarnos directamente: ¿cuál es mi valor auténtico como persona? ¿Quién soy yo frente a Dios? ¿Quién soy frente a los demás?
Esta desnudez la podríamos comparar con aquella que experimentó Adán ante Dios (cfr. Gn 3, 10), ya que, desde entonces, el ser humano se da cuenta que, delante de la presencia de Dios, todo queda al descubierto, está obligado a responder y responsabilizarse más allá de lo que hace espontáneamente o de manera bien pensada; está llamado a conservar la imagen con la cual fue creado (Gn 1, 26). Su hacer debe estar subordinado a su ser. Esto le da una identidad y una misión en la vida.
En la actualidad se habla de la era postmoderna, de la cultura líquida, de la vida desechable, de la era postcristiana, de las modas veloces, etc. Todos esos términos nos hablan de las actitudes que tomamos como lo hizo Adán con las hojas de árbol, son los diversos barnices con los que intentamos escondernos frente a Dios y frente a los demás; es como el intento de huir como Jonás para no responder a la responsabilidad y misión que Dios le había preparado. Nos tapamos los oídos para no escuchar la voz que nos dice: Escuchen mi voz, y yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo; caminen siempre por el camino que yo les mostraré, para que les vaya bien (Jr 7, 23).
Cuando caemos en la cuenta que todo lo que adorna nuestro cuerpo, todo lo que nuestro trabajo produce, tiene una finitud y nada de eso nos llevaremos con nosotros (cfr. Ecle 5, 15), nos cuestionamos sobre el sentido real que puede tener nuestra vida, la misión que Dios ha preparado para cada uno y los frutos que espera obtener, es entonces que entendemos que los bienes materiales no le dan ni le quitan valor a la vida, siempre permanecerán como medios. El valor de la vida jamás dependerá de la cantidad de bienes que poseamos, por el contrario, a un cierto punto, se pueden adueñar de nuestra imagen hecha a semejanza de Dios. Recordando la frase que provocó la conversión de san Francisco Xavier nosotros también podríamos decir: ¿de qué le sirve a un hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se destruye o se pierde? (Lc 9, 25).
Tomemos como modelo la imagen del atleta usado por san Pablo y preguntémonos: ¿estoy en el camino correcto? ¿Estoy corriendo con ganas? Y, sobre todo, ¿voy corriendo en la dirección correcta?



