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P. Savio Corinaldesi

Cuando llega la hora de retirarse

Nací en una familia de campesinos en diciembre de 1936. A los once años entré en el Seminario Diocesano en el cual estudié hasta el segundo año de teología. Después pasé al Instituto Xaveriano donde terminé mis estudios y fui ordenado sacerdote.

En el año 1962, me enviaron a España junto a los otros xaverianos que estaban abriendo la primera casa. Estuve seis años en la tierra de san Francisco Xavier, dedicándome a la animación misionera y vocacional, sobre todo en los seminarios diocesanos a través de pláticas y del periodiquito Misioneros Javerianos, que entre nosotros decíamos que era la hojita más bonita del mundo.

En 1968 fui destinado a Brasil Norte. Pasé cerca de treinta años al servicio de la arquidiócesis de Belém, Abaetetuba y de la prelatura de Xingú.

Viví aquellos años en la comunidad de base de Amazonia, a la orilla de los ríos, en la periferia de las grandes ciudades, en medio de creaturas humanas desfiguradas por el dolor y humilladas por la opresión. Tratábamos de recrear en ellos la imagen de Dios y formar comunidades que fueran reflejo de la familia de Dios. Ese tipo de vida era incómodo, y a veces, peligroso, pero nos permitía vivir con familias de todo Brasil.

Se necesitaba reformular la catequesis y la liturgia para que fueran inculturadas, por tanto, comprensibles a quien conoce la lengua del viento sobre el río, pero que no está familiarizado con la espiritualidad benedictina. Aquella vida, a veces exigía, por ejemplo, pasar noches sin dormir sentados delante de la presidencia municipal, al lado de funcionarios públicos en huelga, contra el nuevo alcalde que los había despedido, o litigar con el juez que no quería intervenir en favor de comunidades víctimas de abusos, o sumergirse en la Transamazónica, para desenterrar el jeep bloqueado.

En el 2002 fui llamado a Brasilia, para estar al servicio de las Obras Misioneras Pontificias (OMPE), encargado de animar misioneramente la iglesia de Brasil, una Iglesia riquísima en valores, pero poco sensible a su deber misionero.

El contacto con situaciones deshumanas de miseria, de injusticia y de violencia, me han hecho darme cuenta que el anuncio del Evangelio, cuando no va acompañado de gestos concretos y eficaces de transformación de la realidad, en lugar de ser una buena noticia, es una cínica (y trágica), broma. Y sí que Jesucristo no ha dejado dudas. Ha explicado muy bien, a través de la parábola, que la voluntad de Dios la cumple el samaritano que se hace próximo del desdichado agonizante del camino, y no el sacerdote o el levita. Desafortunadamente, estamos tan alienados mentalmente que todavía llamamos cristiano practicante, a quien va a la iglesia, y no consideramos miembro de la comunidad cristiana quien se detiene al borde del camino para tratar de socorrer a las desdichadas víctimas de nuestra sociedad.

En las tenazas del doctor Parkinson

En Brasilia me esperaba el doctor Parkinson. Como es su costumbre, se infiltró clandestinamente en mí, y fue ocupando su lugar. Poco a poco el cuerpo no quiere obedecer más. Si le mando a las manos, ¡esténse quietas! Estas se agitan como hojas de un roble durante el temporal. Si les digo a mis pies, ¡caminen!, ellos quedan pegados a la tierra como si tuviesen raíces… ¿Con quién me desquito? Me basta saber que en la vida misionera sigo siendo útil aún en la enfermedad. Vivo esta nueva etapa de mi existencia en la enseñanza de las limitaciones propias de la enfermedad y de la vejez. Me viene a la mente aquello que decía Jesús a san Pedro: Cuando eras joven, tú solo te ceñías, e ibas a donde querías; más cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras (Jn 21, 18).