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Durante su vida, a san Guido María Conforti, le tocó vivir tres Años Santos: 1900, 1913 y 1925. Por lo que se refiere al primero, solo tenemos una breve nota en la cual san Guido recomienda una mayor frecuencia a los santos sacramentos, con oración y limosnas, principalmente para los clérigos pobres del seminario y con otras obras de piedad cristiana. En 1913, junto con los superiores generales de las congregaciones italianas exclusivamente misioneras, aprovecha la ocasión para escribirle al Papa sobre la oportunidad de un pronunciamiento pontificio sobre el deber de todos los cristianos de anunciar el Evangelio, y de instituir un día especial para las misiones. En cambio nos ha llegado completo el discurso de monseñor Conforti sobre la convocación del Año Santo de 1925. Este discurso lo pronunció como homilía el día de Navidad de 1924. A partir de este número lo daremos a conocer en esta sección de la revista.

Origen y raíces del Jubileo

Y así ha comenzado el Santo Jubileo, que según la etimología de la palabra, significa júbilo, remisión, libertad, conceptos que expresan bien la naturaleza y los efectos de este gran acontecimiento. El Jubileo Cristiano conforme a una bula de Bonifacio VII se debería celebrar cada cien años, pero Clemente VI cediendo a las solicitudes del mundo católico y especialmente de los ciudadanos romanos que le enviaban a aquellos embajadores de Aviñon, Francisco Petrarca y Cola de Rienzo, acortó el plazo fijado por su antecesor, reduciéndolo a cincuenta años, hasta que Sixto IV, en 1475 estableció que se repitiera perpetuamente cada veinticinco años, como hasta ahora se acostumbra.

¿Qué es el Jubileo?

Es una indulgencia plenaria concedida por el Romano Pontífice, junto a muchos indultos y gracias, a los fieles que cumplen las obras de piedad recomendadas para conseguirlo. Es por tanto, un tiempo de perdón absoluto, en el cual la sangre del Cordero divino eleva más alto en favor de los hombres su grito amoroso; un tiempo en el cual las fuentes de la gracia fluyen más copiosas, los caminos del cielo se hacen más fácil, los brazos del Padre celestial se extienden hacia sus hijos extraviados con mayor ternura y la divina justicia, en cierto modo se retira para dar lugar a la bondad que bendice y perdona.

El primer Jubileo universal fuente perenne de todos los demás jubileos, nos lo trajo del cielo el mismo autor de la vida: Jesucristo, Hijo de Dios, el cual por boca del profeta así lo anunció a nuestros padres: el Espíritu del Señor se posó sobre de mí, y me ha consagrado con su santa unción, para que anuncie a los humildes su palabra, cure y sane a quien tiene el corazón quebrantado por el dolor; que haga llegar gracias e indulgencias a los esclavos y la libertad a los presos en la cárcel, así como que proclame un año de gracia del Señor .

En las disposiciones del espíritu y la eterna salvación, el Jubileo cristiano ofrece a cada fiel aquellas mismas ventajas que ofreció a cada israelita el Jubileo prefigurado en la antigua ley. El año del Jubileo en la antigua ley traía la remisión de todas las deudas y la recuperación de todos los bienes y derechos cedidos en el curso de cincuenta años. Para nosotros, hijos de la nueva ley, ley de gracia y amor, el Jubileo trae la remisión de todas las deudas que nos son de peso delante de Dios y la recuperación de los derechos a ser sus hijos, derechos que hemos perdido con el pecado mortal (San Guido, 1924, 25 de diciembre, Parma - Catedral, Homilía El Jubileo: FCT 27, 167-168)