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P. Carlos Mongardi

Una carta de Dios a la humanidad

La misericordia y la misión atraviesan toda la Sagrada Escritura, de principio a fin, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Juntamente estas dos palabras constituyen la historia de la salvación. 

No es fácil determinar los alcances de la misericordia de Dios y las limitaciones de la misión de los enviados por Dios. Fundamentalmente el sujeto de la misericordia es siempre Dios. Y los destinatarios de la misericordia son la creación entera, la humanidad, y en particular toda creatura humana y el pueblo de Dios, junto con los enviados a anunciar la misericordia de Dios a todos los pueblos.

Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios por nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible, tangible. El amor nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano.

La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros, no solo como providencia. Él desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de vida y alegría. Sobre esta amplitud de horizonte debe orientarse también el amor misericordioso de los discípulos de Jesús. Como ama el Padre así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos llamados nosotros a ser misericordiosos los unos con los otros (Lc 6, 36; cfr. Misericordiae vultus, n. 9).

Los antiguos Santos Padres de la Iglesia, como san Jerónimo y san Agustín, consideraban la Sagrada Escritura, como  una carta de amor de Dios para la humanidad. Y podemos decir, que es una carta muy poco romántica, más bien realista, pues habla acerca de las dificultades, limitaciones y traiciones del pueblo elegido, y de toda la humanidad a raíz de un amor misericordioso incansablemente.

Basta recordar que la humanidad entera y la condición humana está sumamente necesitada de la misericordia de Dios, ya que hay individuos y pueblos que están repletos de angustia, maldad, ira, codicia y maldad; están llenos de envidia, homicidios, discordias, fraudes, perversiones; son difamadores, calumniadores, enemigos de Dios, soberbios, arrogantes, fanfarrones, ingeniosos por el mal, rebeldes con los padres, sin sensatez. Desleales, crueles, despiadados (cfr. Rom 1, 29-31).

Ante esta realidad catastrófica y desalentadora de la historia humana deshumanizada, que hoy podemos resumir en una situación difusa de criminalidad, impunidad, corrupción, ¿cuál será la actitud y respuesta de Dios?

El mismo san Pablo, autor del espantoso cuadro de la humanidad, con increíble confianza, escribe: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 20). Porque Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos su misericordia (Rom 11, 32).