¿Tiene futuro la vida consagrada? ¿Cómo será en el futuro? Estas interrogantes se vuelven cada día más urgentes y angustiosas en las Iglesias antiguas, y se relacionan con la pregunta por el fin de la misión ad gentes en los países de Occidente. Parece que los pastores de la Iglesia no se han dado cuenta de esta catástrofe que ya tenemos encima.
Para balbucear algo sobre este asunto, se pueden seguir tres caminos: el camino de las ciencias sociales, el camino de la religión en especial, y el camino de las transformaciones internas de las instituciones religiosas y eclesiásticas. Quizá el camino que pueda dar unas indicaciones en esta situación, desde muchos puntos de vista apocalíptica, se encuentra en algunos textos del Nuevo Testamento, escritos desde y para comunidades sin garantías de permanencia o continuidad.
En primer lugar, las ciencias humanas han cargado sobre la experiencia y las motivaciones de la vida consagrada, en particular sobre el valor del celibato, una serie de críticas y sospechas, que dificultan la continuidad de la experiencia de la vida religiosa y del servicio a las necesidades humanas de nuestro tiempo. El cambio de costumbres, de mentalidad y de situaciones, han desplazado la vida consagrada como un conjunto de instituciones y trabajos, de otros tiempos de formas de cultura y sociedad. Las nuevas congregaciones, que con su servicio se acercan a las situaciones de pobreza, enfermedad, defensa de los necesitados, sobre todo de los migrantes, la juventud sin trabajo y sin estudio, las familias dispersas y destrozadas, no han mostrado una efectiva capacidad de servicio cristiano a esta parte de humanidad abandonada.
En segundo lugar, una vida consagrada demasiado cercana al modelo de vida clerical o al servicio de sus estructuras, particularmente cultuales y doctrinales, no ha permitido una renovación y adaptación a los signos de los tiempos. La incapacidad de responder a una cultura de exaltación y trivialización de la sexualidad, así como de una esclavitud y mercado de la misma, ha limitado el sentido y el testimonio de una forma de vida, como el celibato, fundada en una referencia a un indeterminado Reino de Dios o a una libertad abstracta de la afectividad, y afectada por una represión, sublimación y renuncia a generar la vida. El reconocimiento de la vida matrimonial y familiar como camino de humanidad y santidad, hoy tan necesitada de una respuesta original y concreta, espera de la institución eclesiástica no solo una respuesta doctrinal o de palabras, sino de ejemplos reales y una integración a todos los niveles de la Iglesia como de la sociedad.
Ciertamente no se puede hacer una lectura de la situación de la vida consagrada tomando como única referencia la decadencia de la misma, dentro del ocaso del cristianismo occidental, sino ampliar la visión en otras partes del mundo, como África y Asia. No se trata de decir “adiós” a la vida consagrada y cantar su requiem aeternam, sino de reconocer una creatividad, renovación, frescura que hoy no se ven. Tampoco se podría tomar una actitud apocalíptica y catastrófica a partir de las palabras de Jesús: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 8), ni se podría tener una seguridad en las otras palabras del Señor resucitado: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Quizá se pueden matizar estas fórmulas con las palabras de san Pablo acerca del fin de su generación: “El escenario de este mundo se está acabando” (1Co 7, 31), pero las nuevas generaciones lo pueden recrear y renovar.



