La cuestión mundial de los refugiados nos pone siempre de nuevo el imperativo ético de la hospitalidad. Hay migración de los pueblos como en los tiempos de la decadencia del imperio romano. Son millones que buscan nuevas patrias para sobrevivir o simplemente para huir de las guerras y encontrar un mínimo de paz.
La hospitalidad es un derecho de todos y un deber para todos. El filósofo Kant vio claramente la implicación entre derechos y deberes humanos con la hospitalidad para la construcción de aquello que él llama “paz perpetua”. Anticipándose a su tiempo, Kant propone la república mundial o el estado de los pueblos fundada en el derecho de la ciudadanía mundial. Esta, dice Kant, tiene como primera característica la “hospitalidad general”.
¿Por qué exactamente la hospitalidad? Él responde: “Porque todos los seres humanos están sobre el planeta Tierra y todos, sin excepción, tienen el derecho de estar en él y visitar los lugares y pueblos que lo habitan. La Tierra pertenece comunitariamente a todos”. Esta hospitalidad general se rige por el derecho y jamás por la violencia. Kant postula desmontar todos los aparatos bélicos y la supresión de todos los ejércitos, así como lo hace modernamente La Carta de la Tierra. Porque mientras existan tales medios de violencia, continúan las amenazas de los fuertes sobre los débiles y las tensiones entre los estados, minando las bases de una paz duradera.
El imperio de derecho y la difusión de la hospitalidad generalizada deben crear una cultura de los derechos que penetra las mentes y los corazones de todos los ciudadanos mundializados, generando de hecho “la comunidad de los pueblos”. Esta comunidad puede crecer tanto en su conciencia, que la violación de un derecho en un lugar, es sentida en todos los lugares, cosa que más tarde repetirá por su cuenta el Ché Guevara.
Tanta es la solidaridad y el espíritu de hospitalidad que el sufrimiento de uno es sufrimiento de todos y el avance de uno es avance de todos. Se parece a lo que el Papa Francisco dice hablando de los seres humanos como seres en relación y que participan de los dolores de los demás. Si queremos una paz perenne y no apenas una tregua o una paz momentánea, debemos vivir la hospitalidad universal y respetar los derechos universales. La paz, según Kant, resulta de la vigencia del derecho, de la cooperación jurídicamente ordenada e institucionalizada entre todos los estados y pueblos. Los derechos son para él, “las niñas de los ojos de Dios” o aún más, “lo más sagrado que Dios puso en la Tierra”. El respeto a los derechos hace nacer una comunidad de paz que pone un fin definitivo “al infame estado belicoso”.
Para Kant, la base es la buena voluntad, que es la única virtud que no tiene defecto alguno. Afirma que la buena voluntad o es buena o no es buena voluntad. Si ella conlleva sospechas entonces no es buena. Ella supone total apertura del otro a lo otro y a la confianza incondicional. Eso es posible para los seres humanos. Si no es por ella, no vamos a encontrar una salida para la desesperadora crisis social que dilacera la sociedad y los millares de refugiados que se dirigen a Europa. La buena voluntad es la última tabla de salvación que nos queda. Nadie, ni el Papa Francisco, ni Dalai Lama, ni las elites intelectuales y morales, ni la tecno-ciencia, tienen la llave para una mejora global.
De verdad, dependemos únicamente de nuestra buena voluntad. O como escribió Dostoievski: “Si todos quisieran de hecho, todo cambiaría sobre la Tierra en un momento”. Si la buena voluntad es así tan decisiva, entonces urge suscitarla en todos. Todos tienen el deber de hospedar y el derecho de ser hospedado porque vivimos en la misma casa común.



