Estimados lectores, con este artículo cerramos el año de la vida consagrada, me disculpo con ustedes y con Ediciones Xaverianas por haber cambiado la orientación de la reflexión; se me pidió hablar de los retos y en cambio hablé de algunos signos concretos de esperanza en las distintas expresiones de vida consagrada en los continentes. Si han ayudado a ver con otros ojos la vida consagrada eso es más que gratificante para todos.
Signos de vitalidad
Cuando uno abre los ojos y pone atención a la realidad, se abre una ventana que nos hace ver y gustar una riqueza que antes era desconocida e ignorada, y por tanto no apreciada; estoy convencido que los signos de vida de la vida consagrada forman una enorme lista, vale la pena mencionarlos y dar a cada uno(a) la posibilidad de detenerse en alguno o algunos que le sean más sugerentes: ha crecido el fuerte signo de pertenencia, la inquietud misionera, interés por la formación continua, la responsabilidad personal, fraternidad solidaria especialmente en casos de emergencia; apoyo incondicional en la preparación de sus miembros; mayor implicación en la animación misionera y vocacional; deseo de mayor radicalidad carismática; corresponsabilidad con las comunidades insertas o nuevas aperturas; eclesialidad sin perder la crítica sana y el espíritu profético; confianza en los jóvenes para la asunción de roles, ministerios, servicios importantes; mirada abierta y encarnada de los contextos en los que nos movemos; apuesta convencida por la familiaridad y unidad de sus miembros; aceptación de los retos con madurez y esperanza; simplificación de las estructuras; replanteamiento de la autoridad y la obediencia; una apertura a la intercongregacionalidad; superación de la mentalidad y posturas rígidas; experiencias fuertes de perdón y reconciliación, invitación a hacer de las comunidades escuelas de espiritualidad, y la lista seguiría pero con lo mencionado tenemos pan para nuestras muelas.
Dios no favorece la construcción de castillos de cristal
El anuncio del Reino que es la pasión de Jesús y de los consagrados, tiene raíces y tiene aspecto de anhelo, sueño, inquietud, utopía y esperanza: uno de los sueños de Dios: “Hacer del mundo una sola familia cristiana, que abarque toda la humanidad” (CT, 1). Dios sueña con una humanidad que viva en paz, donde nos veamos y nos tratemos como hermanos(as), una fraternidad mutua que abarque todos los pueblos, razas, culturas, en donde cada hombre y mujer vivan como en su casa. La vida consagrada también tiene varios sueños, con matices múltiples pero que tienen el sabor evangélico que lo sazona todo; eso es lo que lo hace sabroso, incluso para los paladares más refinados, anhelos que se conjugan y se recogen en las siguientes expresiones; los religiosos(as) sueñan con una vida consagrada más humana, en éxodo hacia las periferias existenciales, dóciles al Espíritu; en escucha atenta a los lamentos de la humanidad, más evangélica, más apasionada por la humanidad, que no renuncia a la profecía; menos formal y más familiar; menos protagonista y más sencilla; todos como sembradores del Reino; la actitud de la samaritana, una que siempre se hace próxima; con comunidades que están centradas en Dios; en diálogo y comunión con el mundo sin ser del mundo. Audaces para enfrentar el futuro; caminar al ritmo del Espíritu y con una entrega que incluye el martirio.
Concluyo con uno de los sueños de Papa Francisco: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo” (EG, 27).



