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P. Tiberio Munari

La fraternidad de Conforti

Después de la renuncia al arzobispado de Ravena (1904), Conforti se retiró a la Casa Madre en Parma. Su regreso trajo una oleada de muchísima alegría entre sus hijos, que se habían sentido huérfanos durante dos años. Volvía como padre, educador y hermano. “Por entonces –recuerda un xaveriano– éramos pocos en la Casa Madre, y el ambiente era completamente de familia. Nos queríamos mucho, practicando frecuente la exhortación que nos hacía el Fundador: ‘Ámense como hermanos y respétense como príncipes’”.

Para Conforti la caridad fraterna debía anteponerse a cualquier otro sentimiento en nuestro trato cotidiano; según su enseñanza, todo debíamos sacrificarlo en el altar de la concordia.

El padre Ferrari, uno de los sucesores de Conforti en la dirección de la congregación, decía: “La fraternidad es ante todo un don. Si Dios ama con ternura a nuestros hermanos y nos los regala, también nosotros debemos amarlos”. Cristo mismo decía a sus discípulos: “En esto conocerán que ustedes son mis discípulos, si se tienen amor unos a otros” (Jn 13, 35).

“Los misioneros –escribió Conforti en la Regla Fundamental–, considerando que la verdadera característica de los seguidores de Cristo es la caridad, muéstrense siempre animados por un sincero afecto recíproco”.

El espíritu de fraternidad y de familia es absolutamente necesario para los pequeños seminaristas que cada año cruzan el umbral de las casas de formación de los Misioneros Xaverianos. Es necesario ofrecerles un ambiente comunitario fraterno, sincero, alegre, abierto, acogedor. “La caridad fraterna es el secreto del éxito en la vida –repetía Conforti–, es la llave del buen comportamiento, no solo en el tiempo del noviciado y de la formación, sino en toda la vida de apostolado. Si entre ustedes consiguen tener un solo corazón y una sola alma, el éxito de su vida está asegurado”.

Los cuatro misioneros que habían ido a China, acogidos momentáneamente por los Misioneros de Milán en 1904, recordando las enseñanzas del Fundador habían fundado una extraña sociedad entre ellos, llamada Sociedad Anónima de los Elogios Mutuos que atrajo la atención y la admiración de los demás misioneros. Cuando la noticia llegó a los oídos de Conforti, él se alegró mucho; señal que su máxima “ámense como hermanos y respétense como soberanos”, había arraigado también en China. Años más tarde se le aseguraba al fundador que la Sociedad Anónima de los Elogios Mutuos, aún estaba viva y no daba señales de morir.

Fiesta de hermanos en familia era el día de Navidad, y el Fundador exigía que se celebrara con todos los hermanos juntos, la cena de la Noche Buena y la comida de Navidad. A esta familia misionera religiosa el Fundador incluía a los papás de los alumnos y los bienhechores. “Los padres de los misioneros –escribía en las Constituciones– deben ser considerados como los mejores bienhechores del Instituto”. “De mi buena madre –decía– he recibido todo, también mi vocación”.