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P. Carlos Mongardi

Un auténtico seguimiento de Jesús

En el ambiente de la vida religiosa y clerical se acostumbra hablar continuamente que se debe seguir a Cristo más de cerca (Perfectae caritatis, n. 1). Actualmente, en un ambiente de pluralismo, globalización, del mercado de las religiones y de un mundo virtual de la comunicación, que parece superar todas las distancias en el espacio y en el tiempo, pero que sin embargo este complejo mesiánico es solamente aparente, ya que es ausencia de nuestra propia identidad.

Por eso, en este mar agitado, pocos se atreven, como Pedro, a saltar de la barca sacudida por las olas en la oscuridad de la noche, y comenzar a caminar por el agua acercándose a Jesús (Mt 14, 24. 29). Este episodio del evangelio de Mateo, no solo se aplica al apóstol, o a los seguidores de Jesús que estaban en la barca con él. En primer lugar nos recuerda el itinerario espiritual de Pedro cuando reconoce a Jesús, a través del testimonio de su hermano Andrés: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41), por la palabra de Jesús: “Tú serás pescador de hombres” (Lc 5, 10) o en la mirada que le dirige después de la traición (Lc 22, 61). Pedro lo sigue confiado; pero pronto titubea, falla en el peligro y por eso “llora amargamente” (Lc 22, 62), pero es salvado por Jesús.

Pedro es un ejemplo para la Iglesia y de la historia de la Iglesia. También nosotros, nuestra comunidad religiosa, nuestra familia, nuestra Iglesia y toda nuestra humanidad, en medio de la tormenta, nos olvidamos del Jesús de la solidaridad y lo vemos únicamente como un fantasma. ¿Qué tendríamos que hacer para sentir que realmente necesitamos de Jesús, y que a diferencia de un ejército de fantasmas, es el único que nos puede salvar?

Pedro no teme porque se hunde, sino se hunde porque teme; tal vez nosotros también tengamos miedo por estar sumergidos en el peligro y la corrupción, nos hemos cansado de gritar a Dios y esperarlo (cf. Sal 69, 2-4). Quizá sea el mismo sentir de las comunidades religiosas y de toda la Iglesia, gritar como Pedro: “¡Señor, sálvame!” (Mt 14, 30) o como el salmista: “¡Sálvame, Dios!” (Sal 69, 1-2). En la espiral del terror, que arrastra y trastorna a muchos en nuestro tiempo, la vida consagrada debe seguir el ejemplo de Pedro y dejarse llevar por Jesús a la comunidad.

En relación a estas motivaciones, la vida consagrada está llamada hoy a detener esta catástrofe y desaparición de la vida, precisamente con una entrega y servicio a las familias, fuente de la vida y de la sociedad, como Jesús experimentó al menos por treinta años.