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P. Jesús Romero

El tesoro que hace brillar el Evangelio

Así como es un hecho la interculturalidad de un sin número de familias de consagrados, así lo es el maravilloso caleidoscopio de carismas y lo es también la pluralidad generacional. En una familia nuclear cada uno tiene una edad distinta, que conlleva un sinfín de matices propios: proveniencia, familia, historia, cultura, formación, experiencias, talentos, límites… ¿Cómo viven padres e hijos, madres e hijas, hermanos y hermanas de edades distintas?

En una ocasión oí decir que la riqueza de las familias de consagrados son las personas, cada uno de los miembros que conforman la familia tiene un valor inestimable y todos son el tesoro que hacer brillar el Evangelio. La vitalidad de la vida consagrada radica en la valoración de cada persona, es un hecho que la comunidad religiosa está en función de sus miembros, porque son el valor más importante sean productivos o no.

La convivencia cotidiana de los consagrados jóvenes y adultos mayores es riqueza compartida que vale la pena ver de cerca:

•           Los consagrados mayores nos regalan el testimonio de un “sí” siempre fiel, que sin duda fue sometido a la prueba y que ha salido adelante; un sí vivido en la vida cotidiana la más de las veces sin luces de reflectores, haciendo de forma extraordinaria lo ordinario. Un sí renovado incluso en situaciones de gran fragilidad e incluso en situaciones de enfermedad. Su sí es motivador para las nuevas generaciones.

•           Nos regalan también la sonrisa fresca de una vida realizada, esta contrasta con su edad. Son mayores pero tienen un corazón joven. Siempre me ha entusiasmado el ánimo que infunden las personas mayores, tengo la certeza de que las personas que aman sinceramente nunca dejan de soñar, de imaginar, proponer y vivir la entrega hasta que el corazón aguante.

•           Otro grande regalo de los adultos mayores es la serenidad que reflejan en el rostro, en sus palabras pausadas, son hombres y mujeres que no se aíslan y que todavía tienen las ganas de vivir con todos, infunden esperanza y aprecian el estar especialmente con los niños y jóvenes. Muchos de ellos son abuelitos con corazón de niños.

Los consagrados jóvenes son una bendición en todos los ámbitos, especialmente para la vida consagrada. Ellos regalan a los demás sus riquezas:

•           Los jóvenes consagrados son gente normal. La normalidad exige una implicación con la vida desde el trabajo diario, la oración convencida y la sinceridad de la entrega, no fantaseando y construyendo castillos en el aire, ni soñando con los ojos abiertos. Invitan y hacen realizable el estar en el momento presente.

•           Otro valor y anhelo de los jóvenes consagrados es la sencillez de vida, poner en común lo que cada uno es, claro que esta condivisión exige la renuncia propia del Evangelio; el salir de la propia comodidad para vivir la cercanía cálida del otro, favorecer el diálogo, el encuentro, llegar al corazón con signos concretos de ternura.

Los jóvenes consagrados están comprobando que la gente mayor de sus familias religiosas no son las personas más lejanas de su vida. También es la experiencia de los consagrados de la tercera edad que los jóvenes cohermanos no están lejos de ellos. “Hacer del mundo una sola familia” es posible cuando esos lazos de comunión unen fuertemente a sus miembros en las duras y en las maduras e irradian este espíritu de familia en doquiera que se encuentren.