¿Cómo fundamentar hoy la vida consagrada en los evangelios? ¿Cómo encontrar las luces y las motivaciones para volvernos luz del mundo y fermento de vida?
En nuestro tiempo de crisis de todas las instituciones, de pérdida de sentido y esperanza, también se hace evidente la crisis de la vida consagrada en muchas partes del mundo. Por eso se ha intentado un camino de renovación y refundación, pero sin mucho fruto y sin aclarar cuáles son los fundamentos de esta renovación: si es el carisma de la propia congregación, la vida y doctrina de Jesús o algunos signos de los tiempos. Sería eficaz una articulación viva de estos tres elementos.
Hay que tener los pies en la tierra y en el mundo virtual, siempre con los ojos fijos en Jesús, principio y fin de nuestra fe, el cual soportó tanta oposición de sus adversarios y nos ayuda a no perder el ánimo (Cfr. Heb. 12, 2-3). ¿Qué nos garantiza hoy el futuro de la vida consagrada? Ante una notable e imparable disminución de los miembros de casi todas las órdenes y congregaciones religiosas. Con el sentimiento de insignificancia e irrelevancia de esta forma de vida y servicio, nos sentimos ecos de otras épocas y desterrados del mundo actual.
Escribe un importante sociólogo, Anthony Giddens: “De todos los cambios que ocurren en el mundo, ninguno supera en importancia a los que tienen lugar en nuestra vida privada: en la sexualidad, las relaciones, el matrimonio y la familia” (Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas, Taurus, Madrid 2000, p. 65). La creciente violencia, inseguridad, enfermedades, desesperanza, desaparición de toda conciencia moral y expansión de formas egoístas de vida, de miedo a todo compromiso, son sustentados por las leyes, las políticas, los derechos humanos sin límites, que expanden y profundizan la falta de todos los valores humanos.
La Iglesia anhela y añora caminos, signos y lenguajes nuevos, y proclama por boca de sus autoridades que la familia es el milagro más grande y necesarios en el mundo hoy. Espera que la familia pueda escribir un nuevo humanismo, pero hace falta que pueda escribir un nuevo cristianismo con todos los poderes y derechos, de los que sigue totalmente excluida.
Ahora, ¿cómo va a ser posible una impostergable renovación de la vida consagrada, para una relevancia de su existencia y misión? La fundamentación en algunos textos del Evangelio, como de la transfiguración de Jesús (Mt 17, 1-9) o de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) y en un profetismo opaco y sin urgencia de cambios (Cfr. JUAN PABLO II, Vita consecrata, 1996). Algunos religiosos se ilusionan por sentirse caminantes, sin serlo físicamente ni realmente de acompañamiento, encuentro o servicio. Hoy la juventud siente a los religiosos de cuanto los discípulos de Emaús sentían al peregrino que andaba con ellos.



