“La sociedad de san Francisco Xavier para las Misiones Extranjeras –dice la Regla Fundamental– es una familia religiosa que se propone la predicación del Evangelio en tierras no cristianas, obedeciendo al mandato de Cristo a sus Apóstoles: Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación (Mc 16, 15).
Familia es la primera y última palabra de Conforti, la característica y el distintivo de los Misioneros Xaverianos, y que debe ser el resultado de estos tres factores: Espíritu de fe, espíritu de obediencia y espíritu de amor intenso a nuestra familia religiosa, a la que debemos tener como madre, y de caridad a toda prueba para con los miembros que la componen.
La Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo es la primera y mejor Familia: comunión de conocimiento, de amor y de vida. El Dios de la revelación, no es un Dios solitario, sino un Dios-familia donde hay un padre que tiene por naturaleza a un Hijo, y muchos hijos de adopción, de tal manera que como dice Pablo: “Ya no somos extraños ni peregrinos, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios ( Ef 2, 19). Como toda paternidad nace de lo alto, procede del proyecto de Dios, es iniciativa de Dios.
Según Conforti, nuestra familia religiosa misionera es y debe ser siempre un espejo de Dios, Uno y Trino, de Dios que es familia perfecta en la distinción de las Personas. En cada familia hay un padre, y en la familia xaveriana hay un padre, san Guido María Conforti. ¿Cómo fue la paternidad de Conforti? “El amor viene de arriba –decía Conforti–. No se ofendan, queridos jóvenes, si les digo que todo el afecto de ustedes hacia mí, es siempre menor que el afecto que yo solo tengo por ustedes”.
Aunque él era el padre amoroso, en su gran humildad, se consideraba siervo de todos, o más hermano que padre. Empieza sus cartas con: “Mis queridísimos hermanos”, y las cerraba con “todo suyo en Cristo” o “afectísimo como hermano”, o “los abrazo a todos en la caridad de Cristo, como amigo y hermano”. Aunque Conforti, como fundador y obispo, mantuvo siempre el principio de la “autoridad del Padre”, se inclinó a subrayar más bien el aspecto de la “caridad del padre”.
El secreto del éxito en la formación de sus alumnos residía precisamente en su gran capacidad de amarlos. Los amaba con la fortaleza del padre y la ternura de la madre. Demostraba su amor, ante todo, con su continua presencia en medio de ellos: rezaba con ellos, estaba en la mesa con ellos, los asistía en el salón de estudio, no para espiarlos sino para ayudarlos. Con amorosa previsión disponía todo, de tal forma que nunca le faltara nada a la comunidad. Tenía una preferencia por los enfermos, con los cuales usaba toda la caridad de hermano y de padre. Más con el ejemplo que con las palabras, más con la dulzura que con la dureza de las órdenes, animaba a todos a la observancia de la reglas y al sacrificio.



