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P, Jesús Romero

Comunión entre carismas, comunión entre culturas

Hay caminos que siempre tienen futuro, uno de ellos es el hacerse próximo, sea como simple ser humano, cristiano, consagrado, Iglesia, misionero.

Mi experiencia como consagrado-misionero me ha mostrado, en todos los terrenos por donde he andado, en las latitudes donde he sido enviado, en las culturas y pueblos que he encontrado, que la cercanía, la relación, el vivir el día con día, compartir la vida cotidiana y por tiempos largos es lo que a final de cuentas transforma nuestras vidas.

La comunión de los carismas va en relación también con las distintas vocaciones: laicos, solteros, matrimonios, sacerdotes, consagrados ayudando a crecer, a profundizar, a comprometerse más misioneramente. En el mismo sentido la comunión entre carismas permite descubrir nuevas expresiones de vida evangélica; no hace mucho tiempo comentaba en una homilía en una comunidad de Carmelitas Descalzas: “ustedes se han hecho más misioneras y nosotros más contemplativos.” Efectivamente no existe oposición entre carismas sino que son complementarios sin dejar aquel acento que tiene el carisma propio. La vivencia evangélica no es de exclusividad, privilegio, coto privado para algunos.  No cabe duda que la experiencia de comunión, el entablar relaciones interpersonales, en sí mismas son enriquecedoras; nos ayudan a consolidar nuestra identidad, nos abren horizontes y una mejor comprensión del carisma propio; hacen creíble el Evangelio que vivimos y compartimos,  hacen más viva y fecunda nuestra donación en los diferentes contextos en donde el Señor de la mies nos ha sembrado. “Salió un Sembrador a sembrar, y sin que él sepa como, la semilla germina y crece” (Mc 4,27). El dialogo entre quienes somos diferentes revela simplemente que la fuente de esta comunión de vida es el Espíritu del Señor.

Otra comunión que viven los consagrados y testimonian verdadera fraternidad y una relación familiar es la convivencia intercultural. La llamada de Abraham se puede considerar como el prototipo de vocación a la interculturalidad: “Sal de tu tierra y vete a la tierra que te mostraré”. Responder a tal vocación conlleva un sin número de implicaciones; sin embargo para los consagrados es una radicalización de tal vocación; y por otra lado hay que afirmar que el cristiano y con mayor razón el consagrado si viven su bautismo “Ya no se pertenecen”.

Cito a continuación una frase que podría transformase en un programa para cualquier religioso y para cualquier familia de consagrados: “Muchas culturas, un solo corazón, llamados a llevar la ternura de Dios a nuestro mundo herido”. Me parece conveniente concluir haciendo memoria de Cristo como modelo de interculturalidad; Contempla a Cristo sentado en el brocal del pozo  y en diálogo con la Samaritana  (Jn 4,1ss).