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Eran los años sesenta del 1900. Mi sueño y el de mis amigos era vencer el hambre en el mundo con las obras de justicia. Nuestras ideas con los años han cambiado, pero nunca los ideales, los sueños. El más importante: ser simplemente (sencillamente) cristianos, unidos a Jesús y a su Iglesia. Solo así uno se hace cristiano maduro y no niños cortesanos de mitos humanos.

La Iglesia ha estado siempre en mi corazón porque creo que Dios ve en ella la expresión o la manifestación de sus sueños, de su voluntad en el mundo. Por esto, en el mundo que sueño, quisiera una Iglesia siempre abierta. Abierta al cielo y a la tierra. Una Iglesia que todos, creyentes y no creyentes, puedan sentir como su casa. Una casa de misericordia, porque sin la misericordia también Dios se encontraría solo. Una casa en la que nace la nostalgia por las cosas limpias, por la reconciliación con uno mismo, con los demás y con Dios, porque nadie está perdido para siempre.

En el examen de conciencia propuesto por Papa Francisco a sus colaboradores, veo la Iglesia que sueño; una Iglesia que tiene el valor de mirarse adentro, y hacer un balance también de sus propios errores. Una Iglesia que no tiene miedo de enfrentar los escándalos llamándolos por su nombre. La Iglesia que sueño sabe cuestionarse sobre muchos cristianos que han traicionado, que no han testimoniado, que no han sido creíbles.

La Iglesia que sueño se da reglas exigentes, firmes y serias, sobre todo cuando debe examinar una vocación. La Iglesia que sueño elige siempre la verdad y la transparencia, porque no conoce el secreto, excepto aquel del cual nos habla el Evangelio, que tu mano derecha que no conozca la caridad o las limosnas hechas por tu mano izquierda. En la Iglesia que sueño no hay lugar para ningún grupo de poder, en el espíritu de las Bienaventuranzas puede transformarse en una oportunidad para todos.

“La fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera… Surge espontánea la pregunta: ¿los hombres y las mujeres de este mundo podrán responder alguna vez plenamente al anhelo de fraternidad, que Dios Padre imprimió en ellos? ¿Conseguirán, sólo con sus fuerzas, vencer la indiferencia, el egoísmo y el odio, y aceptar las legítimas diferencias que caracterizan a los hermanos y hermanas?” (Papa Francisco, 11-01-14). Parafraseando sus palabras, podríamos sintetizar así la respuesta que nos da el Señor Jesús: “Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos” (cfr. Mt 23,8-9).