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P. Tiberio Munari

Aguiluchos del Evangelio

Los primeros dos años, (1895-96) pasaron de prisa y los jóvenes aspirantes aumentaron hasta 36, cuando la casa de Borgo León D´Oro era solamente para 30, por lo cual, el joven y animoso fundador pensó en seguida en una sede más amplia y definitiva. Con una fe que “traslada las montañas”, compró un terreno en la periferia de Parma, llamado Campo de Marte, porque era un campo de entrenamiento militar, y, el obispo Magani bendijo la primera piedra el 24 de abril de 1900. El Obispo definió a los aspirantes misioneros “Los Aguiluchos del Evangelio, y la nueva casa “Nido de los Aguiluchos”. “Vendrá un día – profetizó -  en que de este nido bendito emprenderán su vuelo los robustos aguiluchos del Evangelio para llevar la fe a los que todavía viven en tinieblas y en sombra de muerte”.

Terminada la construcción de la parte central del nuevo edificio en Campo de Marte, los Xaverianos se trasladaron a la bella y artística residencia, con su hermosa capilla interior, amplios salones de escuela, comedor, salón de conferencias, dormitorios, el salón llamado “Apostolado” donde se confeccionaba el boletín misionero “Fe y Civilización”. Sin embargo, al fundador se le vino encima el nombramiento de Arzobispo de Ravena que lo alejaba del Nido de los Aguiluchos. Fue una cruz muy pesada y dolorosa que el santo llevó adelante durante dos años (1902-1904), hasta que una tisis fulminante y la poca salud que ya tenía, lo hizo renunciar al cargo de arzobispo.

Durante los dos años de arzobispo de Ravena, Conforti no abandonó su Instituto. En marzo de 1904, salen cuatro de sus misioneros para la misión del Honán, China. Era un rayo de esperanza en medio de tanta tiniebla, una consolación a su corazón angustiado. La aceptación y la dirección del episcopado en Ravena fueron consideradas por sus biógrafos un acto de virtud heroica. “¡Bendito sea Dios que abate y levanta –dijo–, que prueba y consuela!” Dejó las insignias episcopales y revistió la sencilla sotana negra.

Una oleada de purísima alegría enmarcó a sus jóvenes aspirantes que se habían visto huérfanos por un tiempo. Ahora el fundador, como padre y educador estaba en medio de ellos, más con el ejemplo que con las palabras. “Nos fascinaba a todos, sin infundirnos temor. Era agradable y respetuoso. Nos trataba con tanta amabilidad y tanta dignidad que nos hacía sentirnos importantes. Sus recomendaciones eran como órdenes para nosotros: no perder el tiempo, gran don de Dios; la compostura en el estar y en el andar; la limpieza en la persona y el vestido; la gentileza en el trato.”

“Desde luego él era el primero en darnos el ejemplo –escribe un alumno de aquel tiempo–. Nadie lo sorprendió con la sotana manchada o rota; nunca lo vimos sin alzacuello o en zapatillas. Nadie lo vio andar de prisa, gesticular vivamente, levantar la voz, reír ruidosamente. Su respeto a las personas lo hacían ser puntual. A sus hijos les regalaba un reloj para cultivar la puntualidad. “Era intransigente en el cumplimiento del propio deber – recuerda el Padre Bonardi–. Tenía como riguroso deber el amonestar a sus hijos débiles, sin embargo no humillaba a nadie”.