La intención de Francisco de Asís, no fue fundar una orden religiosa de vida consagrada. Su sueño era volver a vivir el Evangelio sine glossa, o sea, al pie de la letra. Evidentemente no podía practicar el Evangelio en todos sus detalles.
Francisco, desde su conversión, siguió cada vez más de cerca a Jesús en sus formas más humanas e impactantes: al crucificado, como pobreza extrema, y al niño, como pequeñez. Después de abandonar sus hazañas caballerescas, conocemos dos momentos como signos de su seguimiento radical de Cristo: el acercamiento a un leproso, como práctica del amor al otro, incluso en situaciones repelentes o repugnantes, y el gesto de quedarse desnudo, ante su padre y el obispo, como renuncia y denuncia de todo un sistema de mercado, poder y ganancia.
El proyecto de Francisco era volver a Jesús y al Evangelio, mediante pequeñas comunidades como las que siguieron a Jesús en su vida y las que se formaron a lo largo del Imperio Romano en los primeros siglos del Cristianismo. Siguiendo el Evangelio, fundó pequeñas ermitas con tres o cuatro miembros: uno dedicado a la oración y a la contemplación, otro al trabajo que él conocía y podía mantener la pequeña fraternidad, y otro como predicador. Se llamaban Fratres Menores, o sea, hermanos unidos en la pobreza y en la humildad.
A los frailes predicadores se les proponía como base el pasaje del Evangelio: No lleven oro, ni plata, ni cobre en su cinto, ni morral para el camino, ni dos túnicas, ni bastón (Mt 10, 7). Y como contenido de su predicación un sermón breve: la encarnación del Señor y el mandamiento del amor fraterno. Para eso no se necesitaba mucho estudio, ni ser sacerdote.
Pero muy pronto el número de los seguidores aumentó y el carisma se transformó en una institución muy lejana del proyecto original: en lugar de pequeñas fraternidades nacieron grandes conventos; en lugar de hermanos, muchos se hicieron clérigos hasta alcanzar altos cargos eclesiásticos; en lugar de gente cercana al pueblo, muchos frailes se dedicaron al estudio y a la enseñanza. Esto se puede entender no solo como un alejamiento del Evangelio a la letra, sino como un esfuerzo de enfrentar una historia de dominación papal, de absurdas cruzadas, de cambios económicos y culturales. Ciertamente el modelo de Iglesia que Francisco quería sostener no era la Iglesia del poder, de la violencia y de la división. Un ejemplo fue el Concilio IV de Letrán (1215), que ahondó la distancia entre la Iglesia de Oriente y de Occidente.
Francisco encarnó el universalismo del Evangelio con su sueño de paz y diálogo con el mundo islámico, en su búsqueda para superar toda violencia de los innumerables lobos de su tiempo,
y con su respiro cósmico, ecológico y hermandad que abraza toda criatura, desde las más grandes a las más pequeñas, incluso a una criatura que nadie quiere que se nos acerque: nuestra hermana muerte (Cántico de las criaturas).


