En la vida del joven Conforti parecía que todo lo alejaba de su sueño misionero: la enfermedad que le hizo retrasar su ordenación sacerdotal, su destinación a la formación de los seminaristas como vice-rector, y como profesor de latín, religión y literatura italiana, su nombramiento como Canónigo de la C atedral, además de la propuesta del obispo Miotti para que fuera superior de una Institución benéfica para huérfanos. Pero inesperadamente enfermó, y por consejo médico, tuvo que alejarse por algún tiempo del seminario.
Todo lo anterior le impidió, contra su voluntad, ir de misionero. Habían pasado siete largos años de servicio generoso a la diócesis de Parma, cuando de improviso se abrió un rayo de esperanza: el canónigo Conforti fue nombrado director diocesano de la Obra de la Propagación de la Fe. De parte de los superiores era un reconocimiento oficial de sus aptitudes misioneras, mientras que para Conforti, era como una clara e insistente llamada a fundar algo en favor de las misiones. Cuando, poco tiempo antes, había visitado con un amigo el Seminario de Misiones Extranjeras de Milán, había quedado muy impresionado al leer en una lápida de la entrada, los nombres de los misioneros matados en Birmania. ¿No podríamos también nosotros – confió a su compañero – fundar en Parma un seminario de misioneros?
Ahora se le presentaba, como en bandeja, la posibilidad de la creación de una Congregación misionera; no más misionero, sino fundador de misioneros. Tal perspectiva no lo halagaba, más bien, lo hacía temblar. Intentó rechazarla, pero no pudo dar la espalda a esta nueva y pesada cruz. Tomó la pluma y, para estar más seguro de que era la voluntad de Dios, escribió al cardenal Ledochowski, Prefecto de Propaganda Fide en Roma, para exponerle su audaz proyecto: Desde mis años más verdes – empezaba la carta – he sentido siempre y con gran fuerza la pasión para dedicarme a las misiones extranjeras. Por razones independientes de mí, no he podido realizar esta santa inclinación. Espero de vuestra Eminencia una palabra de aliento.
A poco más de un mes, llegó la respuesta afirmativa de Roma. Conforti puso inmediatamente manos al arado para nunca más volverse atrás. Su padre Rinaldo le había dejado una considerable herencia con la cual compró un edificio en Borgo León d´Oro, a unos pocos metros del seminario diocesano. Lo restauró, y el 3 de diciembre de 1895, fiesta de san Francisco Xavier, el obispo Francisco Magani lo bendijo.


