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Durante su adolescencia, Mons. Conforti lee la vida de San Francisco Xavier, y a partir de ese momento, sentirá el deseo seguir sus pasos, y cumplir el sueño de “Xavier”, de anunciar el Evangelio en China. No pudiendo cumplir con esta “santa inclinación”, debido a diversas circunstancias, decide fundar una familia de misioneros, que llevará el nombre del Apóstol de las Indias, el cual será su  modelo a seguir, y su protector.

“Ha juzgado bien quien ha dicho del gran apóstol de las Indias, queriendo sintetizar su vida admirable, que él fue todo de Dios para cuidar su gloria, todo del prójimo en procurar su salvación y todo de sí mismo en atender a su propia santificación.

Desde el día de su conversión hasta el último de su existencia, creció continuamente en la caridad hasta llegar a ser consumado por ella a la temprana edad de 42 años. Nos lo dicen sus éxtasis, sus raptos místicos, su continua unión con Dios, sus fatigas incesantes para dar a conocer y amar a nuestro Señor Jesucristo, su continuo aspirar a cosas siempre mayores.

 Y, junto con el amor de Dios, iba también creciendo continuamente en el amor a los hermanos. Hubiera querido reconducir todos los descarriados a la casa del Padre celestial, conquistar para el Evangelio a todos los infieles. Por eso dejó su patria, emprendió largos viajes por tierra y por mar, recorrió inmensas regiones palmo a palmo para anunciar a todos la buena nueva. Todos los peligros, las persecuciones, las privaciones, las penurias, las intemperies de las estaciones, los dolores físicos y morales encendían cada vez más su celo en lugar de frenarlo. Es más, frente a este cúmulo de cruces, repite con santo deleite: “¡plura, Domine, plura!” (más, Señor, más). Todo esto nos da razón de la fecundidad de su apostolado que ha conquistado millones de almas, y de los dones extraordinarios con los cuales el Señor quiso honrar a su siervo y acreditar su misión delante de los pueblos.

Y mientras cuidaba continuamente la salvación de las almas, nunca descuidaba su unión con Dios. En medio de las más graves y diferentes fatigas, encontraba el tiempo para todas las prácticas de piedad ordenadas a alimentar su espíritu. De éstas sacaba continuamente  nuevas energías para nuevas y perennes fatigas por la salvación de las almas y por nuevas ascensiones en la perfección cristiana. Inspirémonos en los ejemplos de San Francisco Xavier y recordemos siempre que, si queremos ser dignos Apóstoles del Evangelio, también nosotros debemos ser todos de Dios, del prójimo y de nosotros mismos. De esta manera podremos dar a Dios toda la gloria que le es debida”. (La Palabra del Padre, Parma, 1923)