Mons. Conforti no fue admitido en alguna Congregación religiosa cuando era joven, pero “vivió” el espíritu y el carisma de la vida religiosa. ¿Cómo era el seminarista Guido? Tenemos los testimonios de Savazzini, Ajcardi, Canetti, Venturini que eran algunos de sus compañeros. Su parecer es unánime: “Conforti era un seminarista ejemplar. Desde que entró, se ganó nuestra simpatía y todos queríamos estar con él”, “nos maravillaba que a pesar del intenso frío, estuviera quieto en su mesa de estudio, sin moverse ni agitarse para entrar en calor como hacíamos nosotros. Y a la pregunta: Guido, ¿no tienes frío? respondía: Un poquito”.
Ajcardi recuerda que Conforti “tenía un carácter impulsivo y fogoso, pero no se enojaba con tantas bromas que le hacíamos. Era muy aficionado al estudio. Todas las clases le gustaban: latín, matemáticas, historia y geografía”.
Conforti encontraba el tiempo para leer libros de piedad como “La práctica de amar a Jesucristo” de san Alfonso María de Ligorio, y la “Imitación de Cristo” de Kempis. Todo su trabajo espiritual consistía en el fiel y perfecto cumplimiento de sus deberes cotidianos, bajo el ejemplo de la figura de san Juan Berchmans, san Francisco Xavier, san Francisco de Sales, y san Luis Gonzaga.
No era todavía ni religioso, ni fundador de una Congregación religiosa, y ya hacía propósitos como un novicio jesuita o franciscano. En su cuaderno de propósitos se podía leer: “Haré todos los días la oración mental, el examen de conciencia a medio día y por la tarde, haré durante el día las más veces posible la Comunión espiritual, seré siempre jovial y alegre con todos, evitaré la pérdida de tiempo y las disipaciones, mis acciones del lunes las ofreceré para las almas del purgatorio, las del martes a mi Ángel de la Guarda, las del miércoles a san José, las del jueves al Santísimo Sacramento, las del viernes al Sagrado Corazón, las del sábado a la Virgen, las del Domingo a la SS. Trinidad por todos los herejes y los infieles”.
No nos maravilla, pues, si el padre Bartapelle, predicando un día el retiro a los seminaristas, sin decir nombres, dijo: “En medio de ustedes hay un seminarista que con su comportamiento edificante, ha impresionado a un hombre del mundo que lo hizo regresar a Dios. Dichoso aquel joven que antes de salir del seminario, ha podido ejercer tan fructuoso apostolado”. En el recreo, todos los seminaristas hicieron el mismo comentario: “Aquel joven solo podía ser Guido”.



