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Xaverianos

La Vida Religiosa a partir del Concilio Vaticano II

página 4Autor: P, Carlos Mongardi.  

Ciertamente, desde sus comienzos, la vida consagrada tomó su inspiración de los Evangelios y de los ejemplos y enseñanz as de Cristo el Señor.  Sin duda, no podemos encontrar explícitamente en los Evangelios y en la práctica de Jesús el fundamento de cada carisma o institución,  pero sí la inspiración fundamental para esta forma de vida. Antes de intentar respuestas directas o inmediatas, daremos un largo rodeo, rescatando la inspiración evangélica en cada una de las múltiples experiencias de la vida consagrada en la historia de la Iglesia.

 La vida eremita y cenobítica

Es sabido, por los estudios sobre los primeros siglos del cristianismo, que los cristianos vivían en su mayoría en las ciudades. Esta situación la explica muy bien un texto escrito alrededor del año 150 d.C. que lleva por título “Carta a Diogneto”:

 “Los cristianos se distinguen de los demás hombres, no por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. En efecto, ellos no tienen ciudades propias. Viven en ciudades griegas y bárbaras, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida… Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no la cama. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos y todos los persiguen. Se les condena sin conocerlos. Hacen el bien y son castigados como malhechores… Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo”. (Cap. V-VI).

Sin embargo, a partir de la mitad del siglo tercero, existe ya una clara distinción entre la jerarquía eclesiástica y el grupo de monjes que comienza a surgir tanto en Oriente como en Occidente. No es fácil explicar por qué se da una proliferación de este estilo de vida, ya sea en la forma aislada de los eremitas o en la forma comunitaria de los cenobitas. Todos como práctica fundamental tenían el rezo de los salmos y la lectura de la Biblia, además de vivir la pobreza, la continencia, la obediencia y formas de penitencia exagerada. Quizás lo que favoreció esta “huida del mundo” de estos monjes, fue la gran corrupción política y la falta de esperanza en una sociedad llena de violencia e injusticia.

Todavía impacta hoy, como impactó a muchos de su época, el ejemplo de san Antonio Abad, un joven de veinte años de edad que un día se acercó a una iglesia, y después de escuchar las palabras del Evangelio: “Sin quieres ser perfecto, ve, vende todas tus posesiones y dáselas a los pobres, luego ven y sígueme y tendrás un tesoro en el cielo” (Mt 19, 21). Donó todo a los pobres, menos una cantidad de dinero para la educación de su pequeña hermana y se fue al desierto por el resto de su vida, seguido por muchos en su soledad.

A partir de la experiencia de los monjes, en la historia de la iglesia se privilegió una interpretación de la vida de Jesús, como un camino de ascesis, huida de la familia, de la ciudad y del mundo. Al mismo tiempo, los grandes monjes obispos como Basilio, Gregorio, y Agustín, con más equilibrio y realismo armonizaron la vida de oración y pobreza con el servicio al prójimo y el anuncio misionero.