El primer campo diocesano que le tocó cultivar al obispo Conforti fue la diócesis de Ravena. “Sé que usted quería ir a China como misionero, le dijo el Papa León XIII, pues bien, Ravena es la China de Italia”. De nada valieron las súplicas y quejas del pobre Conforti, ni las objeciones sobre su salud precaria y débil, ni el hecho de dejar el pequeño seminario recién comenzado. Tuvo que bajar la cabeza y obedecer.
Un sacerdote de Ravena pronosticó: “El nuevo arzobispo, antes de mover la tierra, tendrá que remover las piedras”. Lo decía por las dificultades que encontraría Mons. Conforti en su diócesis. Al llegar, en primer lugar se preocupó de la familia, primera célula y primer núcleo de la sociedad cristiana, enviando una carta pastoral, en donde decía: “El matrimonio es el primero y más antiguo entre todos los contratos. El matrimonio es una vocación, una misión de la cual depende el bien de la familia y de la sociedad. No hay que considerarlo como un alegre banquete, sino un duro campo de trabajo, con sus gozos y sus deberes”.
A Conforti, en Ravena no le fue tan bien, especialmente por la salud, pues padecía de bronquitis. Fue a consultar al Papa Pio X que aceptó su renuncia y regresó para morir a su tierra natal. Ravena lo lamentó: “Era el obispo que nos hacía falta, no lo merecíamos”. Ravena había sido para Conforti un verdadero Calvario. “Pido a Dios de pasar estos mis últimos años en la formación de mis queridísimos jóvenes”, dijo.
El plan de Dios era otro. Con el aire de su tierra natal, el cuidado de los médicos y el descanso, su delicada salud mejoró bastante, y apareció en el horizonte una nueva tarea. Otra vez, desde Roma, el Papa Pío X le suplicaba de aceptar ser obispo coadjutor de Parma con derecho a sucesión, porque el obispo Magani era anciano y enfermizo: “Necesito que Mons. Conforti me diga: ¡Aquí estoy, envíame!”, dijo el Papa. Una vez más, el obispo Conforti debió tomar el cáliz amargo, y en seguida, porque a los tres meses, el 12 de diciembre de 1907 murió el obispo Magani. A la vuelta de Roma, después de hablar con Pío X, dijo a sus misioneros: “sobre la tumba de los Apóstoles he jurado morir en la cruz”.
Grande fue la alegría de su nueva diócesis. El cardenal Ferrari fue a Parma para presentar al nuevo obispo: “Alégrate, oh santa Iglesia de Parma, empezó diciendo, a ti viene el fuerte, a ti llega el santo”. Desde el Instituto Xaveriano, el nuevo obispo dirigió a su pueblo la primera carta pastoral con su programa de acción: “Mi política será siempre el Evangelio; mi partido, el de Cristo; mi programa de gobierno, el de los Apóstoles; mi palabra de orden, “In omnibus Christus” (Cristo en todo y en todos). “Estaré en medio de ustedes no para mandar, sino para servir”.
En Ravena había encontrado una viña desolada, Parma no era mejor. Parma era un centro de anticlericalismo vo lteriano. De su universidad salían médicos ateos, los puestos eran reservados a los inscritos a la masonería; el socialismo difundía en el pueblo ignorante la incredulidad y el desprecio por la religión y el sacerdote; entre el clero empezaba a aflorar el modernismo con doctrinas y praxis contrarias a la tradición de la Iglesia.
Con esta visión, San Guido, como buen pastor, salió a la calle, con el callado en la mano, a la búsqueda de las ovejas descarriadas para reformar, reanimar, y hacerla una verdadera familia cristiana, sobre las bases creadas por Dios: “la paz, el orden, el perdón y el amor”.

