Autor: P. Osvaldo Pulido
El capítulo 18 de Mateo nos habla de algunos problemas al interno de la comunidad cristiana. La pregunta de fondo es: ¿Cómo puede construirse una comunidad que busca seguir a Jesús? Se puede construir si cada uno pone al centro de su vida a Jesús, que se hizo el último y siervo de todos, para revelarnos a un Dios que se hizo pequeño para acoger a los pequeños. A la pregunta de los discípulos de ¿quién es el más importante en el Reino de los Cielos? Jesús realiza un gesto simbólico que rompe los esquemas ambiciosos de los discípulos: pone a un niño en el centro como modelo de pequeñez.
Pequeños
En el mundo judío, los niños pertenecían a la categoría de los pobres, de los necesitados, de los que no son nada. Entre estos pequeños, se encontraban también: las mujeres, las viudas, los pecadores y los publicanos. Jesús aclara a los discípulos, que “el que se haga pequeño como un niño, ése será el mayor en el Reino de los Cielos”. El Maestro llama a los discípulos a ser como los niños, es decir, sencillos, desprendidos y generosos.
Los que desean seguir a Jesús, deben estar atentos a las necesidades de los más débiles e indefensos de la sociedad. Su tarea con estas personas ha de ir acompañada de una actitud de compasión, respeto y amor, con el deseo de buscar al hermano que se ha extraviado, para reconducirlo al centro de la familia, de la comunidad, de la sociedad, ayudándole a hacer valer su dignidad como persona y hacerlo sentir también, hijo de Dios.
Doble tarea
Al paso de su vida, Jesús fue descubriendo que los más importantes en el Reino de los Cielos eran los pequeños, los que habían sabido abandonarse por completo a Dios con una fe sencilla y confiada. Y Jesús mismo fue el primero en darnos ese ejemplo al querer hacerse hombre como nosotros, él se hizo pequeño, fue el último y el servidor en medio de los suyos, gastando su vida en cada momento para dar vida a los demás.
Con su ejemplo, Jesús nos invita a vivir una doble tarea en su seguimiento: debemos ejercitarnos y hacernos pequeños como los niños, pero también la tarea de acoger a los pequeños ya que en ellos descubrimos al mismo Cristo que nos necesita “Estuve hambriento y me diste de comer, era forastero y me hospedaste, estuve en la cárcel y fuiste a verme” (Mt 25). Lo contrario a la acogida es poner obstáculos y escandalizar a los pequeños.
Reflexión personal
Jesús en esta Palabra de Dios, me invita a quitarme todas aquellas máscaras que no me permiten mostrarme con autenticidad ante los demás, y que me impiden acercarme a ayudar a los pequeños. Alguna vez me he puesto a pensar, ¿Qué es lo que me condiciona para ser más libre y autentico? ¿De qué me tengo que desprender para poder vivir la sencillez, la generosidad con los más pequeños que encuentro en mi camino?
Al poner Jesús a un niño como ejemplo para los que deseamos seguirle, nos está hablando de la escala de valores del Reino. Sólo Dios es grande y yo llego a serlo en la medida que me reconozco como creatura suya. ¿Me considero una persona dependiente de Dios, que busco abandonarme a Él con una fe confiada? ¿Logro expresar esta fe con mi testimonio y compromiso de vida? ¿Cómo lo concretizo?
Si miro a mi alrededor, probablemente puedo descubrir a niños pequeños e indefensos abandonados muchas veces por la familia y por una sociedad con mentalidad mundana. ¿No siguen siendo quizá los pequeños, las víctimas de un estado de escándalo permanente, propio de una sociedad que se considera autosuficiente? ¿No son los pequeños los que aún siguen viviendo las injusticias y la violación de sus derechos?

