Autor: Alvaro Aguado
Es el nombre en chino de uno de los más grandes misioneros de Asia. Este misionero nació en Gand, Bélgica, en 1877. Se llamaba Federico Lebbe, pero en la época en que recibe su Confirmación, cambia su nombre por el de Vicente, por la admiración que sentía hacia a San Vicente de Paul. A la edad de once años, descubre la vida de Juan Gabriel Perboyre, mis ionero lazarista martirizado en China, y toma la decisión de seguir el mismo camino. A los 18 años entra al noviciado de los lazaristas.
A la edad de 23 años llega a China por primera vez. Apenas bajó del barco, empezó a arrastrar su propio equipaje, algo normal para cualquier viajero, pero no para un misionero europeo en China. Viendo lo que hacía, uno de sus compañeros lo reprendió, pero a él no le importó, pues amaba a los chinos aun antes de llegar, y estaba dispuesto a hacerse uno de ellos. Ninguno de sus compañeros de “profesión” entendía su entusiasmo y amor por los chinos.
Pasados algunos días después de su llegada, Vicente se da cuenta que los misioneros europeos se sentían superiores a los chinos. Muchos obispos y sacerdotes franceses ignoraban el idioma, la cultura y la historia china. Los sacerdotes chinos no eran directamente responsables de una actividad pastoral, sino que más bien actuaban como asistentes de los sacerdotes europeos. La Iglesia Católica funcionaba bajo “la protección” del Gobierno Francés. Para muchos misioneros era prácticamente lo mismo la lealtad a Cristo o al Evangelio que a la bandera de Francia.
Desgraciadamente la mayoría de misioneros no se daba cuenta que este comportamiento evitaba que el pueblo chino los aceptara, y mucho menos sintieran afecto por ellos. Al contrario, la religión cristiana era considerada una “religión extranjera”, más que una religión para todos. La Iglesia era percibida como coloniaje francés, opuesta a la dignidad de los chinos.
Vicente no compartía esta forma de hacer misión y decía: “Soy chino, con todo mi corazón, alma y fuerzas”. Pero no todos los misioneros eran como él, y había que hacer algo para cambiar la situación. Por eso predicaba la Palabra de Dios en público, se aproximaba a los líderes civiles y a los personajes importantes, para tratar de ganar su amistad y respeto. Organizaba sociedades de caridad, escuelas y asociaciones católicas. Fundó la primera imprenta católica de China. Aprendió el chino, no usaba sotana, vestía como un trabajador chino pobre y llevaba coleta. Y continuamente repetía: “Si tratara de seguir siendo un europeo, no sería mejor que un cadáver. Llegamos a conocer a la gente siendo como ellos. La ganamos solo dándonos nosotros mismos.”
Unos años después, ya era uno de los extranjeros más respetados y notables de China. Pero a pesar de su éxito, para sus superiores era un alborotador. Pues mientras él decía era importante trabajar en la formación de un clero chino, de lo contrario la Iglesia en China no tendría futuro si continuaba dependiendo de una cultura y un clero extranjero, por su parte sus superiores opinaban que el clero chino no estaría preparado para dirigirse a sí mismo, ni en un siglo. Por este motivo fue despojado de sus responsabilidades, y enviado a lugares apartados. A pesar del sufrimiento, él aceptó estas humillaciones con obediencia y dignidad.
Vicente se dio cuenta que el futuro de la Iglesia china dependía de Roma, y partió para el Vaticano, obteniendo audiencia con el papa Pío XI, a quien le presentó la situación y una lista de candidatos chinos al episcopado. Los obispos franceses lo veían ahora como un traidor y no le permitían volver a China. Pero en 1926 el Papa Pío XI dio un giro a los acontecimientos: consagró personalmente a seis obispos chinos, recomendados por el padre Lebbe. Al regresar a China se naturalizó de inmediato con el nombre de Lei-Ming-Yuan 雷鳴遠 (“el trueno que canta en la distancia”), para que nadie pudiera obligarlo a salir de allí.
A sus antiguas obras añadió otras. Organizó una comunidad monástica con una asociación de sacerdotes chinos y la llamó “Los hermanitos de Juan el Bautista” y se convirtió en el superior de esta congregación en 1929. Cuando empezó la guerra con Japón, Lei-Ming-Yuan organizó un grupo de camilleros que se internase en la batalla para rescatar vidas. Él “Preferiría morir que seguir viviendo como neutral, sin animarme a llamar al bien y al mal por sus verdaderos nombres, sin animarme a dar hasta la última gota de sangre por los oprimidos”. Muere el 24 de junio de 1940. El gobierno chino lo honró declarando un día de duelo, considerándolo un gran cristiano y un gran patriota chino, refiriéndose a él por su nombre en chino Lei-Ming-Yuan.

