Algunas veces nos acostumbramos a vivir nuestra fe desde la intimidad, el exclusivismo o desde una serie de normas que nos puede llevar a excluir a los que no piensan como nosotros. El relato de hoy nos hace pensar si estamos viviendo la universalidad del Evangelio. Es una llamada a vivir la apertura hacia los no cristianos. Detente, lee y medita Mateo 15, 21- 28.
La salvación de Dios que vino a ofrecer Jesús para todos los pueblos, es una salvación universal. Ya en las cartas del apóstol Pablo nos damos cuenta de la preocupación del apóstol por hacer llegar esta salvación a los gentiles o paganos, es decir a los no cristianos, a aquellos que aún no conocen a Jesús y su mensaje. Evangelizar a los paganos fue también la preocupación de las primeras comunidades cristianas. En el presente relato, nos presenta a una mujer cananea que busca encontrarse con Jesús.
Fe - confianza
Es curioso saber, que Jesús dijo una vez a Pedro: “Hombre de poca fe” y en esta escena, en cambio, Jesús reconoce la fe de la mujer cananea la cual sale a su encuentro para pedirle que le devuelva la salud de su hija que estaba atormentada por un demonio. El autor del Evangelio deja claro que lo importante es la fe – confianza que muestra la mujer cananea y no tanto el pertenecer al pueblo elegido (Israel).
Mateo presenta este episodio inmediatamente después de una discusión que Jesús tuvo con los escribas y fariseos, respecto a los alimentos puros e impuros. Además, seguramente que Mateo presenta este relato de la mujer pagana con la intención de hacer ver la dificultad que había de poder integrar a los paganos dentro de la comunidad cristiana y erradicar toda diferencia y discriminación con los no judíos.
La fe no conoce fronteras
La mujer cananea -según la mentalidad religiosa judía- era alguien a que debería de excluirse por considerársele impura, fuera de la ley y de las normas. El escenario se desarrolla en la región de Tiro y Sidón, tierra de extranjeros. Es conmovedor ver a una mujer que en medio de la multitud no le importa ser señalada y con insistencia surge un grito de desesperación: “¡…Señor, Hijo de David, ten compasión de mí!” es ciertamente la expresión de una fe que viene del corazón.
Luego, surge un diálogo entre Jesús y la mujer en presencia de los discípulos quienes querían despedir a la cananea como si se tratase de una intrusa que quiere molestar al Maestro. La respuesta de Jesús se percibe como una aparente negativa para hacer el milagro a aquella mujer pagana, sin embargo, la fe no conoce fronteras de raza, cultura o condición social. Jesús atiende la súplica de la mujer y le devuelve la salud de su hija, de esta forma, Jesús muestra su interés por los no judíos.
Reflexión personal
El grito desesperado de la mujer cananea me hace recordar el grito de Jesús en la cruz, un grito de dolor por la experiencia de abandono. En ambos gritos, el de la pagana y el de Jesús, surge una palabra: Confianza, fe. Ante mis problemas y el dolor que provoca algún sufrimiento ¿hacia dónde o hacia quién me dirijo? ¿Acudo con confianza y fe a Jesús que acompaña mi vida? ¿Cómo lo vivo?
Juzgar o condenar en nombre de Dios al que no piensa o actúa como nosotros se ha vuelto una práctica constante en nuestra religión cristiana. Nos falta reconocer que Dios es capaz de incluir en lugar de excluir. ¿Me considero una persona de mente y corazón abierto? ¿Estoy dispuesto a descubrir en el otro la novedad que Jesús trae para mi vida?
En el evangelio de Mateo aparecen varias veces las expresiones de cercanía y estima por parte de Jesús respecto a los no cristianos (paganos) llamados a la fe. En los ambientes donde me muevo ¿Me ha tocado convivir, dialogar con los no cristianos? Si la respuesta es afirmativa, ¿Qué me han aportado a mi fe? Por otra parte, ¿qué he logrado compartir del Evangelio a estas personas?


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