Considerando los primeros seguidores de Jesús, durante la vida pública del Maestro, ¿eran todas personas que se desligaron de sus familias? ¿Podían estar algunos casados y seguir conectados con sus propias familias? Estas preguntas pueden parecer muy novedosas y atrevidas. Sin embargo son legítimas desde muchos puntos de vista.
Primero –como hemos recordado en los dos números anteriores- los medios de comunicación del mundo antiguo, en todas las tradiciones conocidas, y sobre todo en el mundo actual, en las formas más novedosas, los medios sólo presentan y registran personas individuales. Muy raramente se asoma toda la familia, como trasfondo desconocido y olvidado. Esta enorme limitación comunicativa domina los evangelios canónicos y la tradición eclesiástica, que recuerda sólo santos mártires, monjes del desierto, santos Padres, obispos, teólogos, maestros, etc., incluyendo a los que están en la lista de los beatos y santos son, casi por unanimidad, célibes y ajenos a una vida cotidiana de familia.
¿Por qué no emerge en esta lista una familia santa, con excepción de la familia de Jesús, María y José, que en un imaginario inmutable aparecen: Jesús niño, José ya anciano y María joven madre? Es una imagen oleográfica, estilizada y estandarizada, sin diferencia. Lejos de ser una historia familiar real y concreta, aparece la familia incluso con los instrumentos de carpintero, propios del tiempo, y siempre con la aureola alrededor de su cabeza, como si fueran creaturas angelicales y santas en su vida y persona, diferente a toda familia terrena, pareciendo estar en otra dimensión como es el cielo.
En segundo lugar, si partimos realísticamente de la experiencia familiar de Jesús, en un poblado y en tiempos de violencia, conflictos, transformaciones, no sabemos de dónde Jesús pudo sacar su anuncio profético, la sabiduría y los poderes, que el texto supone dados por Dios (Mc 6,2; Mt 13, 54). La expresión “dados por Dios” es conforme a la regla de los idiomas antiguos, llamada “pasivo divino”. Precisamente el problema planteado es la novedad de Jesús, respecto a toda su vida anterior, a sus treinta años pasados con sus padres, hermanos y hermanas en el mismo pueblo (Mc 6,3; Mt 13, 55-56). La presentación del evangelio de Lucas de la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret viene antes de su predicación en la sinagoga y su actividad en Cafarnaúm (Lc 4, 16s.31s). Mientras que los demás evangelios la ponen después (Mc 1,21s y 6,1s; Mt 4,13 y 13,54). Probablemente la escena de Jesús en la sinagoga de Nazaret es una reconstrucción del evangelista como aparece de la afirmación que Jesús “vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado y se levantó para hacer la lectura” (Lc 4, 16). Aquí se olvida el tiempo pasado por Jesús con Juan el Bautista, y la actividad de Jesús en Galilea y particularmente en Cafarnaúm. La costumbre de Jesús nunca ha sido nombrada antes, ni por algún otro evangelio. Lucas retoma el esquema de la liturgia judía en la diáspora, como Pablo y Bernabé en la sinagoga de Antioquía, en día de sábado, después de la lectura de la Ley y los profetas, son invitados a dar una exhortación al pueblo, provocando aceptación y rechazo (Hech 13, 14-43.44-48). Lo mismo le pasó a Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 22.28-29). Una duda viene por el texto, leído por Jesús, ya que está tomado de la traducción griega de los Setenta y además junta dos textos bastante separados en el rollo (Is 61, 1-2 y 58, 6), cuando se supone que la lectura tenía que ser continuada.


