El 23 de septiembre, día después de su ordenación, Guido no pensó en sus merecidos festejos, sino que acompañó a un grupo de peregrinos que se dirigían a Roma para hacerle un obsequio al Papa León XIII que cumplía 50 años de obispo. A Guido le entusiasmó la Roma imperial, los foros, los arcos, el coliseo, las basílicas, pero sobre todo la visita al Papa. De la familia del seminario había aprendido un gran amor al Vicario de Cristo, que al leer sus comunicados se descubría la cabeza.
Al regreso de Roma, fue con el obispo para recibir la destinación. No había más que dos posibilidades: vicario en una parroquia o profesor en el seminario. En el corazón del Padre Guido había una tercera: la fundación de una familia misionera. Pero tuvo que esperar cinco años, es decir, la muerte del santo obispo Miotti. Para disuadirlo le dieron poco a poco los cargos más importantes de la diócesis: profesor y formador del seminario, canónigo de la Catedral, Vicario general, es decir el segundo después del obispo.
El 9 de marzo de 1893 murió el obispo Miotti y el sucesor, Francisco Magani, primero a Conforti como director diocesano de las Obras Misionales Pontificias Misioneras, que significó una puerta abierta para la fundación misionera. Escribió una carta al Prefecto de Propaganda Fide en Roma, que empezaba: “desde mis años más verdes he sentido siempre la pasión para dedicarme a las misiones extranjeras… me atrevo a esperar que su Eminencia me dé una palabra de aliento para ponerme enseguida manos a la obra”. La eterna Roma, a poco más de un mes, respondió afirmativamente y Conforti, ni tardo ni perezoso, puso mano al arado para nunca más volver atrás.
Compró un edificio casi al lado del seminario mayor y lo restauró, acondicionándolo para dar lugar a treinta alumnos y el 3 de diciembre de 1895, fiesta de San Francisco Xavier, el obispo Magani lo bendijo. Era la tercera familia de Conforti. Ahora se sentía padre de su propia familia. Los primeros 17 muchachos venían de diversas parroquias y del mismo seminario. Eran de secundaria y alguno que otro de prepa, más un teólogo y un sacerdote, el P. Cayo Rastelli, el hombre providencial que necesitaba el Fundador que se encargó como vicerrector. Mientras tanto el vicario general, Conforti, seguía sus oficios, con un ojo en el arzobispado y el otro en la familia misionera recién fundada. “Por la mañana temprano –recuerda Amegigo Guareschi- entraba en la capilla para predicarnos la meditación y regresaba por la tarde, y nos preguntaba sobre las clases, las calificaciones y la comida.
El fundador no había estudiado Pedagogía, pero le habían servido mucho los cinco años de formador y profesor en el seminario. En el mismo año de su ordenación había muerto Don Bosco, del cual el P. Guido era un gran admirador, especialmente de su “método preventivo”. Los Directores eran los padres amorosos de la gran familia. A los alumnos no se les humilla, sino se les corrige con amor. Su secreto era: “Hacerse amar más que temer”. Guido amaba a sus muchachos con ternura y con fortaleza. En aquel tiempo, empezó a madurar el doble concepto de amor y respeto, con la clásica sentencia: “Ámense como hermanos y respétense como príncipes”. El seminario debía ser, sobre todo, una familia de hermanos.


