En las fiestas (Jn 1,11) o en las parábolas de las bodas (Mt 22, 1-14; 25, 1-11) ¿habrá alguna referencia con la historia de los familiares de Jesús? Asimismo, sus enseñanzas sobre la familia y el matrimonio ¿podrán reflejar las conductas al interior de su propia familia?
En contra del adulterio y el divorcio (Mt 5, 27-28.31-32; 19, 3-9; Mc 10, 11-12) y en favor de la responsabilidad con los padres (Mc 7, 11-12, Mt 15, 4-6), ¿podría ser eco de alguna discusión en su propia familia extensa? Estas no parecen ser meras declaraciones doctrinales o normativas, sino sobre todo, denotan experiencias de vida.
No parece que alguno del núcleo familiar de Jesús lo hayan seguido hasta el calvario, a menos que Susana (Lc 8, 3) y Salomé (Mc 15, 40; 16, 1) correspondan a dos hermanas de Jesús, las cuales según un antiguo historiador, Hegesipo, tenían estos dos nombres. Jesús fue abandonado por todos sus discípulos, que después de su muerte en Jerusalén, pretendían regresar a su trabajo. Solamente lo acompañaron “muchas mujeres, que lo habían servido desde Galilea, y habían subido con él hasta Jerusalén y el calvario” (Mc 15, 40). Los nombres recordados son María Magdalena -cuyo nombre aparece diez veces en los evangelios- María, madre de Joset (Mc 15, 40.47) y María la madre de Jesús con la hermana de su madre (Jn 19, 25) cerca de la cruz.
Sin embargo, es interesante encontrar a los hermanos de Jesús, junto con los doce y María, la madre de Jesús (Hch 1,14) perseverando en la oración y formando una comunidad de 120 personas. El único nombre de los hermanos de Jesús que aparece como autoridad en la comunidad cristiana de Jerusalén es Santiago (Gal 1,19; 2,9.12; Hech 12,17; 15,13; 21,18). Lo más sorprendente es que su nombre aparezca entre los favorecidos de una aparición de Jesús resucitado (1Co 15, 7), de la que son excluidas todas las mujeres por Pablo (1Co 15,5-8), pero reintegradas en las memorias de los evangelios (Mc 16,1.9; Mt 28,1.9; Lc 24,9-11; Jn 20,11.14-16). El testimonio más sorprendente y poco valorado es el texto de Pablo (1Co 9, 5), que dice: “¿No tenemos derecho, Bernabé y yo, de llevarnos en las vueltas (de la misión) a una esposa cristiana, como todos los demás apóstoles, los hermanos del Señor y Cefas?” Acerca del derecho de no llevarse una esposa cristiana, a diferencia de los demás evangelizadores, excepto Bernabé, Pablo no da ninguna directa explicación.
Pablo está preocupado en defender otros dos derechos, de los cuales tampoco ha hecho uso (1Co 9, 15), reconociendo todas las razones que los demás apóstoles puedan esgrimir para seguir practicándolos. Son los derechos a comer - beber (1Co 9, 4) y a no tener otro trabajo (1Co 9, 6). Recuerda que el soldado, el viñador, el pastor y el sembrador tienen derecho a su sustento (1Co 9,7.11), por evidentes razones naturales o históricas.
No convence el modo de Pablo de actualizar un texto bíblico en referencia a los animales (1 Co 9, 9 = Dt 25, 4), diciendo que “se escribió por nosotros” (1Co 9, 10). Pablo conoce la tradición judía de que “los que celebran el culto los sustenta el templo o las ofrendas del altar” (1Co 9, 13). Y no dice nada contra “las instrucciones que el Señor dio a los que anuncian el evangelio, de vivir del evangelio” (1Co 9, 14), exactamente como se dice en los evangelios sinópticos: “el obrero merece su sustento” (Mt 10,10; Lc 10,7). Quizá el motivo sea la práctica común y generalizada de que los evangelizadores tenían familia (1Co 9,5), y no alcanzaban a sustentarse sin la justa ayuda de las comunidades, ya que los que “han sembrado bienes espirituales no es mucho si cosechan bienes materiales” (1Co 9,11). La actitud original de Pablo quiere subrayar que “es mejor predicar el evangelio gratuitamente” (1Co 9,13), de acuerdo con la instrucción del mismo Jesús: “Lo que recibieron gratuitamente, denlo gratuitamente” (Mt 10, 8).


