La conducta de Guido Conforti en el seminario menor de la diócesis de Parma era de un jovencito que daba muestras de dominio de sí mismo, aplicación al estudio, simpatía y amabilidad y, sobre todo, su piedad, que lo hacían sobresalir por encima de los demás.
El P. Bertapelle, que iba a dar retiros espirituales, una vez se le escapó decir, sin decir el nombre: “se encuentra entre ustedes uno que, con su porte discreto ha impactado a una persona del mundo hasta el punto de suscitar en ella su retorno a Dios”. Todos los compañeros pensaron inmediatamente en Guido. “Dichoso él que aun antes de salir del seminario, ha podido ejercer un apostolado tan fructuoso”, terminó diciendo el predicador.
Además de los libros escolares, a Guido le gustaba leer libros de piedad, como la práctica de amar a Jesucristo de S. Alfonso Ma. Ligorio; La imitación de Cristo de Kempis; La vida de S. Francisco Xavier etc. Esta última fue una verdadera revelación, porque desde aquel momento, Conforti empezó a soñar. Era el primer año de preparatoria cuando vino a predicar los ejercicios espirituales un padre jesuita. Guido, dándose valor, fue a hablarle. El predicador lo animó a enviar una solicitud al Provincial de los Jesuitas. Guido hizo la carta pero manifestando el deseo de ser enviado como misionero a China. El Provincial le contestó sin mucho entusiasmo diciendo que los Jesuitas no aceptan condiciones.
Ante esto, Guido se dirigió entonces al hombre de Dios más conocido en Italia, Juan Bosco, quien acababa de enviar a sus primeros misioneros salesianos a la Patagonia. El santo estaba enfermo y quien respondió fue el secretario Don Leppert, quien dio las gracias por el donativo de la misa, pero sobre el pedido de ir a las misiones, no dijo nada.
Después de estos dos primeros fracasos de intentar en un instituto misionero, sobrevino la misteriosa enfermedad. Una tarde fría del invierno de 1882 cayó desmayado. Los médicos hablaron que se trataba de sonambulismo, ataques de epilepsia, crisis nerviosa por el rápido crecimiento. “¿Cómo te fue?” le preguntaron los compañeros. ¡Mal!
En el año de 1887, Guido terminó los estudios teológicos; sus compañeros fueron ordenados, pero él tuvo que esperar su ordenación. El Obispo y el rector estaban en duda y con sospecha. Si no fuera por su buena conducta y por lo brillante en sus estudios, hubiera sido enviado a su casa en espera de que se recuperara. Tanto sus superiores como los compañeros del seminario se portaron muy bien con Guido, tanto que él los consideró como parte de su familia. Se llegó a reconocer que su enfermedad se debía al golpe que sufrió cuando se cayó de un árbol cuando era chico. De esta enfermedad pocas veces se habló como si fuera algo vergonzoso. Pero su curación es atribuida gracias a la intercesión de la Virgen de Fontanellato, un pequeño santuario en la diócesis de Parma, a donde lo había enviado la Madre Ana María Adorni: “vete a Fontanellato, la Virgen te espera para concederte la gracia, serás sacerdote y pastor”. La Madre Adorni fue beatificada por el Papa Juan Pablo II.
Asistieron a la primera misa de Conforti, en aquel mismo santuario, su mamá, las tres hermanas, el rector Ferrari, algún sacerdote amigo y los alumnos de secundaria del seminario de quienes él era profesor de religión y gramática latina. Después de la celebración fueron todos al desayuno y estaban todos a la espera del festejado, que se había quedado dando gracias. Ferrari dijo: “¡déjenlo dar gracias, el P. Guido está muy pegado al Señor!"


