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Xaverianos

Matrimonio y Familia cristiana

pag 8Autor: P. Umberto M. Marsich /

“Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13, 34): el nuevo mandamiento del amor es, para los cristianos, el alma de la fe y la razón de la vida. Lo es para todos y, para todos, es signo de fidelidad y de autenticidad al Señor. Además, cuando lo practicamos, con entusiasmo y coherencia, nos convertimos en ‘signo’ y ‘copia’ del  infinito amor de Dios para con toda la humanidad.

 “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Jn. 15, 13): es el amor de Jesús en la cruz. Hasta la última gota de sangre. Este es el amor que acaba con los egoísmos e irrumpe en la historia humana como viento huracanado. Purifica de los egoísmos; redime las maldades y se impone como modelo a imitar. Cada quien, luego, buscará su forma peculiar para ponerlo en práctica. La contemplación orante del crucificado, por cierto, inspirará siempre la creatividad de los creyentes y los alentará en el compromiso de amar. Sin contemplación de la cruz, poco a poco, el amor arriesga de reducirse a pequeñas acciones filantrópicas, intrascendentes y sin proyección.

La vocación de los matrimonios cristianos es la de amarse hasta fundirse en una nueva e irreversible realidad, en un nuevo ser, en una ‘sola carne’: “Por eso el hombre deja a sus padres para unirse a una mujer y son los dos una sola carne” (Gen 2, 24). Están llamados, por tanto, a asociar energías para que su amor, lejos de reducirse a experiencia cerrada de egoísmos compartidos, se proyecte y se extienda hacia los demás, juntamente a toda la familia.

Los matrimonios cristianos no pueden prescindir de esta ‘proyección del amor’. La apertura del amor al ‘compromiso social’ no solo no afectará su unión, sino, más bien, la consolidará. Los cristianos no podemos aceptar una comunidad conyugal cerrada egoístamente en sí misma. En la apertura a los demás, de hecho, radica, en gran medida, la posibilidad de su crecimiento humano y cristiano. Intimidad y apertura han de ser compaginadas armónicamente en el entramado de los matrimonios cristianos. Éstos no tienen por qué encerrarse en un ámbito puramente interpersonal si aspiran a permanecer fieles al legado matrimonial de convertirse en ‘sacramento permanente y real’ del amor oblativo de Jesús para con la Iglesia, su esposa.

Solo a la luz del crucificado, de brazos extendidos hacia el mundo, los matrimonios y las familias cristianas aprenderán a abrirse al amplio horizonte del “amor social”. La plenitud del amor conyugal y familiar, en efecto, se realiza en la “caridad social” y se hace auténtica en la entrega y en el servicio generoso a los más vulnerables de la sociedad: auténticas ‘periferias existenciales’ del mundo actual.

Consciente que la ‘fecundidad conyugal’ no se agota en la procreación biológica, el matrimonio cristiano tiene que lograr cotas más elevadas de vitalidad social. El futuro del amor conyugal y de la familia, según la teología cristiana, depende de las energías que proyecten en la transformación de la sociedad y en el servicio generoso a los demás. La fertilidad biológica debe complementarse con la ‘fecundidad social’. Solamente así la familia cristiana, llamada al ejercicio de la caridad, destacará por ser “escuela del más rico humanismo” y, en palabras del Papa San Juan Pablo II, constituirá “el lugar natural y el instrumento más eficaz de humanización y de personalización de la sociedad”. En efecto, es así como “colabora, de manera propia y profunda, en la construcción del mundo”. Luego, es tarea de las familias cristianas hacerse ‘agentes’ de humanización del mundo y ‘piedras vivas’ para la construcción del Reino contribuyendo, concretamente, a la creación de la “civilización del amor”.

El amor, en fin, es verdadera fuente de unidad y de fortalecimiento de la familia. El paradigma de las familias cristianas es sí el amor, pero, aquel que no las recluye en los estrechos límites de su propia realidad, sino, que las apremia más allá de sus propias fronteras. Por estas razones, agradecemos a las familias que, derrotando el egoísmo, donan tiempo, energías y recursos para servir a los pobres, ‘carne viva de Cristo’ en el mundo de hoy.