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Xaverianos

La familia del Seminario Diocesano

pag 5Autor: P. Tiberio Munari /

Si ser seminarista hoy es un desafío y a la vez una aventura para cualquier adolescente, por las renuncias que comporta como: dejar la familia y una carrera; no fue menos para Guido Conforti. Las dificultades que encontró fueron: su papá no quería dejarlo ir al seminario, el socialismo anticlerical contra los sacerdotes, la guerra fría que la masonería liberal le hacía al Papa llamándolo, “prisionero del Vaticano”. Sin embargo, a los once años, Guido les dijo a sus papás: “quiero ser sacerdote”.

 ¿A quién le debe su vocación el pequeño Guido? Por supuesto que la llamada viene de lo alto, pero Dios se sirve de instrumentos. En el caso de Conforti fueron: la mamá, los catequistas de la Salle, las señoras Maini y los dos sacramentos de la Eucaristía y la Confirmación.

El mismo, siendo obispo, confesará: “lo debo a mi madre y al Crucifijo de la iglesia de la Paz, a la cual entraba todos los días yendo a la escuela, y parecía que “le hablaba y le decía muchas cosas”.

El 4 de noviembre de 1876 entró al seminario menor de Parma, una segunda familia más numerosa, con superiores que hacían de mamá y papá, y con muchos hermanos. Fue confiado a otro seminarista, más grande, que debía acompañarlo en sus primeros tiempos de seminario, una especie de coadjutor; se llamaba Ajcardi, del cual supimos muchas noticias de la conducta de su alumno. De decía a veces: “Ajcardi, cuéntame un cuento; Ajcardi, cuéntame algo de la Virgen”.

Las tres reglas principales eran: oración, estudio y disciplina. Aquel invierno de 1876 fue muy duro y no era suficiente para calentar el salón de clases aquella estufa de aserrín, y las celditas eran gélidas; los pobres muchachos iban a la cama encontrando las sábanas heladas y tiesas como cartón. “Guido, ¿tienes frio?” le preguntaban. “Un poquito”, respondía. Tan chiquito y tan virtuoso era, que el rector Andrés Ferrari daba gracias a Dios por haber encontrado a otro Domingo Savio.

Amaba el estudio y la escuela; todas las clases le gustaban, el latín, las matemáticas, la historia, y pronto consiguió las mejores notas y los premios de final de años. “A pesar de su carácter fogoso, -recuerda un compañero de clase- no se enojaba de las bromas que le hacíamos. Era verdaderamente un muchacho simpático y ejemplar. No brillaba mucho en el deporte, aunque participaba igualmente en los juegos de carrera, de pelota, etc. El futbol no se acostumbraba todavía y no había campo. Tenían solamente un patio.

Guido tuvo la suerte de encontrar en el seminario a dos personajes de gran piedad, ciencia y virtud, el obispo Mons. Villa, quien tres años antes lo había confirmado, y el rector Andrés Ferrari. Serán ellos como un modelo en su vida de Pastor. Villa fue el obispo de los que vivían en las orillas de la ciudad de Parma, los más pobres. Era como un hombre que andaba en la calle y se detenía con los niños, con la gente, como descubriendo y socorriendo la necesidad humana. En 1873, el año del cólera, se le veía visitar a los enfermos, sin miedo del contagio.

El otro personaje, el rector Ferrari, futuro cardenal de la más grande diócesis de Italia era eminente en sus conversaciones sobre temas escolares, de ciencia y de piedad, manifestando una versatilidad extraordinaria, hoy es beato.

El contacto con su propia familia era frecuente, porque la mamá le llevaba todas las semanas, su ropa limpia y aprovechaba para dejarle un poco de fruta del campo, de aquella que Guido saboreó por mucho tiempo de niño.