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Xaverianos

Jesús y sus familiares

pag 4 - copiaAutor: P. Carlos Mongardi /

Ya hemos subrayado que en todos los medios de comunicación antiguos y modernos, la familia permanece oculta y olvidada. Uno puede dar una mirada a las obras de historia, de literatura, incluso en las obras de arte (quizá con la excepción de las obras de teatro) y nunca encuentra la presencia o la vida y actividad de la familia.

 En nuestros tiempos todos constatamos que en los medios públicos de comunicación, casi nunca se presentan familias: siempre individuos con otros individuos políticos, académicos, médicos, empresarios, artistas… y se  presentan todos sin familia. Puedo decir que lo mismo pasa con los recientes medios comunicativos: internet, celular, Facebook siempre son individuos que se relacionan con individuos. Los evangelios, como textos públicos de hechos y grupos públicos, ocultan doblemente la familia de Jesús: la ignoran durante su vida pública y la olvidan totalmente durante su vida privada. Creemos que este intento de rescate no sea completamente imaginario, sino en parte admirable.

 No puedo hablar de algún conflicto intrafamiliar de la familia de Jesús en Nazaret. Supongo que en una familia extensa de más de quince personas, a menos que fueses todos ángeles, algún que otro conflicto se habrá dado. Y pensando en el proceso normal de una familia patriarcal, no se puede excluir que algunas de las hermanas y de los hermanos de Jesús se hayan casado, entonces no habrían vivido todos en la misma casa hasta los treinta años de Jesús. Por eso es una sorpresa no pequeña ver como “los suyos” – sus  familiares, porque no es fácil que los parientes se preocupen tanto por un pariente-  van a buscar a Jesús para que se haga cargo de él (Mc  3, 18). Y ver como “su madre, sus hermanos y sus hermanas lo están buscando” (Mc 3, 32). Esto indica dos cosas: primero la unión de una familia en busca de la oveja perdida. Y segundo la ausencia de Jesús en su casa y familia. En efecto, se dice que Jesús “dejando Nazaret se fue a vivir a Cafarnaúm” (Mt 4, 13), y su casa constituyó un centro de su actividad (Mc 2, 1; 3, 20; 7, 17; 9, 28). Es legítima la pregunta si Jesús estuvo en su casa solo o con su nueva familia. No es posible una respuesta, ya que está sepultada en los abismos por el silencio de la historia y por la avalancha de palabras de los dogmas eclesiásticos. Una vez parece que para acercarle un paralítico, algunos le descubrieron el techo de la casa (Mt 2, 4) y no se dice cuando lo reconstruyeron.

Dos momentos, al comienzo de la vida pública de Jesús, expresan el contraste entre Jesús y su familia de origen. El primero, en Cafarnaúm, su madre y sus hermanos y hermanas lo quieren ver, y se quedan fuera, ya que Jesús hace una declaración significativa: “mirando a los que estaban sentados en círculo a  su alrededor, dice: estos son mi madre y mis hermanos” (Mc  3, 34; Mt 12, 49; Lc 8, 21). Es fácil espiritualizar este texto, quitando todo sentido familiar, pero se puede entender: estas madres y hermanos que me escuchan ya son mi familia ampliada. El segundo, cuando Jesús volvió a Nazaret como profeta. Y “fue despreciado en su patria, por sus parientes y su misma casa” (Mc 6, 3). Pero a la vez, este texto abre una ventana sobre la familia de Jesús en Nazaret. En efecto, se dice que Jesús es el hijo de José (Lc 4, 22), del carpintero (Mt  13, 55), él mismo carpintero, hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón, y sus hermanas (Mc  6, 3); “todas” siguen en Nazaret (Mt 13, 55). El texto no especifica quiénes no tuvieron fe en Jesús, y recuerda que Jesús curó solamente a pocos enfermos (Mc 6, 5). En el cuarto evangelio encontramos explícitamente que “ni siquiera sus hermanos creían en él” (Jn 7, 5).  En esos momentos de mayor cercanía física y de mayor distancia de mentalidad entre Jesús profeta y su familia, permite la pregunta: ¿qué tan rápido y desconocido fue el cambio de carpintero en profeta?