Sabemos que este cántico (Lc 1,45-56), puesto en los labios de María durante su visita a su prima Isabel, es obra de la comunidad cristiana y del evangelista. Es difícil que una jovencita de 12-13 años pudiera proclamar un himno tan complejo. Se puede construir la hipótesis de que María con su esposo José (Mt 1,19) hayan madurado un proyecto educativo, afinado a la escuela de Jesús y asimilado por María después de la Pascua.
Suponemos que este proyecto haya guiado la mentalidad y la conducta de la familia en Nazaret, comparado con el programa fundamental de Jesús (las Bienaventuranzas Mt 5,1-12). Aquí el intento es rescatar las líneas prácticas del camino educativo en la familia de Nazaret, a partir de las actitudes y convicciones que Jesús manifiesta en los evangelios.
Tanto el Magnificat como las Bienaventuranzas, son un canto a la vida y felicidad de todos los que se encuentran en pobreza, opresión, sufrimiento; y también un canto a la justicia y a la misericordia. Particularmente hace referencia al canto de Ana, la madre del profeta Samuel (1Sam 1,1-10), con fórmulas parecidas, pero dejando a un lado palabras de castigo y de muerte de los enemigos. “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava” (Lc 1, 46-48).
No hay ningún pasaje de los evangelios en que se atribuya a Jesús el primero de estos verbos –proclamar la grandeza de Dios-. Él usa los verbos “bendecir, dar gracias al Padre”, normalmente en las comidas. Podemos pensar que ésta era una costumbre de la familia de Jesús, como de todas las familias judías. Sencillamente Jesús, como sus “hermanos y hermanas”, fue educado en la oración. El segundo verbo: alegrarse (griego: AGALLIÁO) significa –como exultar, saltar de gozo-. Puede tratarse del corazón, del espíritu. Jesús salta de gozo en el Espíritu Santo, cuando bendice al Padre (Lc 10,21) por las mismas razones de María: porque Dios ha revelado a los pequeños, que eran considerados sin valor, sin inteligencia y sin palabra, y eran víctimas inocentes de una sociedad que humillaba a las mujeres, poniéndolas al nivel de los esclavos. Jesús nunca se considera esclavo, pero se acerca al lavar los pies a los discípulos (Jn 13,12), con la identidad de quien sirve (Lc 22,27; Mc 10,45) y volverá para servir (Lc 12, 37). Es significativo ese mismo verbo: cuando los discípulos sean injuriados, perseguidos y calumniados, entonces deberán alegrarse y saltar de contento por tener la misma suerte y recompensa de los profetas (Mt 5,12). Se parece a otros verbos sinónimos: hacer fiesta (gr: EUFRÁINEIN), que abarca música, danza, comida (Lc 15, 23.24.29.32; 16,19). Alegrarse con (gr: SUNKHÁIREIN Lc 15,6.9). ¿Dónde Jesús aprendió y experimentó la alegría, (gr: KHARÁ) que él quiere compartir (Lc 1,14; 2,10; Jn 15,11; 16,24; 17,13), como una madre que ha dado a luz (Jn 16,21) y como el mismo Padre celestial (Lc 15,7.10; Mt 25,21.23). Sobre la identidad de Jesús como esclavo es inolvidable el texto de Pablo: “Cristo se despojó de las prerrogativas divinas, tomando la forma de esclavo y la figura de hombre, se sometió a la humillación” (gr: ETAPÉINOSEN, la misma palabra del Magnificat: TAPÉINOSIS), “hasta la muerte y la muerte de cruz” (Fil 2,6-8).
“Su nombre es santo y su misericordia llega a todos los que lo temen. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1,49-53).
Quizá aquí se pueda encontrar la fuente del tejido de justicia y misericordia tan presente en la práctica y enseñanza de Jesús. Él dice: “Ustedes descuidan lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad” (Mt 23,23), “la justicia y el amor de Dios” (Lc 11,42). Jesús repite una fórmula, que parece mágica: “los últimos serán primeros y los primeros últimos” (Mt 19,30; 20,16; Mc 10,31; Lc 13,30). No es posible reducir Jesús a un Zelote analfabeta y violento, ni a un esenio que soñaba una guerra santa. Con certeza Jesús tenía una actitud fuertemente crítica hacia los poderes políticos: “los que figuran como jefes de las naciones las tiranizan y los grandes los oprimen con su poder” (Mc 10,42; Mt 20,25; Lc 22,25) y hacia los poderes religiosos: “han hecho de la casa de mi padre una casa de mercado” (Jn 2, 16) y “una cueva de bandidos” (Mc 11, 17; Mt 21, 13; Lc 19, 46).


