A veces he preguntado a la gente, incluso a sacerdotes: ¿cuántos miembros tenía la familia de Jesús en Nazaret? Siempre escuché la misma respuesta: se componía de tres personas: Jesús, su madre María y José su esposo. Inmediatamente yo replicaba: ¡Ustedes no leen el Evangelio! Esto provocaba una carcajada, pero alguien decía: “en el Evangelio se habla de hermanos”. “Justamente –yo añadía- y también de hermanas”. Y aclaraba: “aquí no se trata de tocar los dogmas, afirmando que eran hermanos y hermanas de sangre; basta recordar que los niños y niñas adoptados tenían los mismos derechos y deberes de los de sangre”.
En los Evangelios leemos que Jesús volvió a su patria como maestro y profeta, asombrando a toda la gente, que decía: “¿No es este el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?” (Mc 6,3). “¿No es éste el hijo del carpintero… no están todas sus hermanas entre nosotros?” (Mt 13, 55-56). “¿No es éste el hijo de José?” (Lc 4, 22). “Y éste era Jesús, con alrededor de treinta años, siendo hijo, como se pensaba, de José” (Lc 3,23; 2,48; Jn 1,45; 6,42). Además Jesús tenía una tía materna (Jn 19,25). Otros pasajes del Nuevo Testamento hablan de los hermanos de Jesús, empezando por Pablo que los encuentra en las misiones (1Co 9,5), excepto Santiago, que se quedó en Jerusalén (Gal 1,19; 2,9). Además Pablo recuerda a Jesús, “nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Gal 4, 4). En los Hechos de los apóstoles encontramos: “todos los apóstoles, algunas mujeres, María la madre de Jesús, y sus hermanos” (Hech 1,14), en número de ciento veinte” (Hech 1,15). En el 4° Evangelio sólo se recuerdan los hermanos: después de Caná, Jesús “bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos” (Jn 2,12). Sus hermanos – que no creían en él- invitaron a Jesús a ir a Jerusalén a la fiesta de las Tiendas, y él se rehusó, pero, “después que sus hermanos subieron a la fiesta, él también subió” (Jn 7, 2-3.5.10).
Hemos insistido, en todos estos textos, en las palabras hermanos y hermanas, para reconstruir un ambiente familiar claramente determinado. Los Evangelios fueron escritos en los últimos 25 años del primer siglo, es decir entre los 75 y 100 dC. Los primeros textos que dan alguna escueta referencia a la familia de Jesús, son las cartas de Pablo a los Corintos y de Galacia en los años 56-57. Luego la memoria de los evangelios sinópticos, -en los años 70-90dC- que se refieren a los familiares de Jesús antes de la Pascua. Mientras los Hechos hablan de la comunidad de los discípulos ya después de la Pascua. En el 4° evangelio, de los años 90-95dC, hay solamente estos dos pasajes acerca de los hermanos de Jesús, mientras hay otros acerca de María, la madre de Jesús (Jn 2,1; 3,5; 19,25.27). Hay pasajes que diferencian claramente el núcleo familiar –con las palabras: padre, madre, hijos, hermanos, hermanas y tíos o abuelas presentes en la misma casa- de los parientes. Así en las palabras de Jesús en Nazaret: “No hay profeta despreciado sino en su patria, entre sus parientes y en su casa” (Mc 6,4). Los pasos paralelos olvidan a “los parientes” –conservando la patria y la casa- (Mt 13,57), y a “los parientes y la casa” –conservando sólo la patria- (Lc 4,24). Este evangelista es el que más emplea la palabra “pariente(s): los parientes de Isabel festejan el nacimiento de su hijo (Lc 1,58); los ricos no deben invitar al banquete a los amigos, ni hermanos, ni parientes, ni vecinos ricos (Lc 14,12); los discípulos serán entregados por padres, hermanos, parientes y amigos (Lc 21,16). El 4° evangelio sólo recuerda a un siervo, pariente del sumo sacerdote (Jn 18,26).
Volvamos a los valores aprendidos por Jesús en su familia y manifestados en su conducta, opciones y palabras. Ciertamente Jesús en Nazaret rezaba y practicaba el “Shema, Israel”: “Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Y el segundo mandamiento es: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 29-30). Y rezaba con frecuencia el Padrenuestro (Mt , 9-13; Lc 11, 2-4), probablemente una abreviación de la oración del Kadish (=santificado) en arameo. Sabía bendecir al Padre (Mt 11,25-26; Lc 10,21-22; Jn 11,41) y normalmente en las comidas (en la partición de los panes y pescados: Mc 6,41; 8,7; Mt 14,19; 15,36; Lc 9,16; 24,30; Jn 6,11), como aparece claramente en la última cena (Mc 14,22-23; Mt 26,26-27; Lc 22,17.19).


