En el otoño de 1872, el pequeño Guido, a la edad de 7 años, tuvo que abandonar su casa porque en Casalora no había escuela y fue llevado a la ciudad de Parma, a una casa de huéspedes, atendida por dos mujeres: la sra. Dorina Maini y su hija, la maestra Juana. Guido no estaba solo porque allí se encontraba su hermano Ismael, así que la nostalgia de Casalora y de su mamá, se le pasó rápido. Además, las Maini eran lejanas pariente de Doña Antonia, y por eso los dos hermanos las llamaban tías.
Quizás para el pequeño Guido, siempre frágil y delicado, habiendo ya sufrido un ataque de tisis pulmonar que lo había llevado al borde de la tumba, el clima de la ciudad pudiera fortificarlo. Las dos tías gozaron por la presencia de Guido y le tuvieron desde el principio tierno afecto, y contribuyeron a formar el carácter del pequeño. Lo trataron como a un hijo y Guido no se sintió tan lejano de su familia.
La otra familia que contribuyó a hacer de Guido un hombrecito serio, correcto y dueño de sí mismo y sobre todo entregado al estudio más que a andar buscando nidos, fue la escuela de los Hermanos de las Escuelas Cristianas que fueron sus maestros durante 4 años, de 1872-1876. Eran muy exigentes por antigua tradición, en la disciplina, el estudio, el respeto. Guido Conforti recordará durante toda su vida, las bellas exhortaciones del hermano Bercarrio y los catecismos del hermano Crispino. “Oh, que bonitas catequesis nos daba”.
Ciertamente Guido tuvo sus dificultades al principio. Venía del campo donde se hablaba puramente el dialecto parmesano, y no la lengua que la “nueva Italia” había fijado: la lengua de Dante Alighieri, la fiorentina. Y no extraña la forma como los niños de la ciudad toman el pelo a los del campo, aunque, muchas veces los del campo superasen, según el proverbio: “campesinos, zapatos gruesos, cerebros finos”. Pronto Guido fue el primero de su clase.
El potrillo de Casalora, exuberante, libre, impulsivo, poco a poco fue domado. Iba a la escuela todo bien limpio y recatado, con su pelo bien peinado y vestido de blanco, como las Maini. Por otra parte, en el patio de la escuela, nada de pelear o de reñir con sus compañeros.
Sin embargo, si el temperamento de Guido era modelado y un poco reprimido, las riquezas de su alma aumentaban siempre más. No solo las Maini continuaban con la práctica del rezo del rosario cotidiano que el pequeño Guido había aprendido en su familia, sino que enriquecían su piedad con otras prácticas devotas, la frecuencia a la misa dominical, las visitas a las maravillosas iglesias de la ciudad: la catedral con las pinturas del Corregio, el bautisterio monumental, la Steccata.
En particular, la maestra Juana, las primeras veces que lo llevaba a la escuela, le había enseñado a detenerse por un instante en una iglesia, llamada de la paz, que se encontraba en su camino. Una de aquellas visitas, Guido quedó impactado por un gran crucifijo que dominaba sobre el altar. Pronto aprendió a entrar solo.
Un día que entró como de costumbre, al acercarse al altar se sintió como envuelto por una extraña mirada. “Yo lo miraba y él me miraba, y parecía decirme tantas cosas”. Todas las biografías de Conforti subrayan este encuentro con el Crucifijo de la Paz como determinante de su vocación sacerdotal y misionera. “Para mí es un crucifijo milagroso –dirá más tarde el obispo-. Le debo mi vocación”. Cuando se convirtió en el obispo de Parma, lo recogió y lo puso en su capilla privada del palacio episcopal… ahora está en el Santuario de San Guido M. Conforti, de la Casa Madre de los Misioneros Xaverianos en Parma.


