Algunas de las cualidades de San Guido María Conforti eran la alegría y cordialidad. Él reconocía que por su temperamento se sentía más inclinado a la melancolía; sin embargo, quienes lo conocieron y trataron personalmente afirman que poseía un ánimo alegre, bondad y buen trato. Su ser alegre no fue algo que simplemente se le dio como don natural, sino que fue el resultado de un consciente y perseverante esfuerzo por cultivar esta cualidad en su persona desde sus años de formación.
En nuestro presente vivimos en alguna medida bombardeados por la exigencia de “ser felices” y se nos proponen formas y caminos para conseguirlo. Sin embargo, a pesar de los muchos esfuerzos los resultados no son los esperados. Y muchas personas experimentan sinsabores, frustración, y en no pocos casos, tristeza y vacío que los lleva a vivir desencantados de la vida, de los demás y de Dios, y a conducir una existencia sin sentido, y en algunos casos, con cierta amargura y tristeza.
San Guido, en sus exhortaciones a ser “santamente alegres”, nos brinda el camino para alcanzar la alegría duradera que es también don del Señor. En tales exhortaciones encontramos el camino mismo que él recorrió para alcanzarla. En efecto, la primera gran exhortación para alcanzar la alegría evangélica es tomar la ley del Señor como norma de nuestro actuar. Para nuestro santo Fundador, la alegría es dada como resultado de ordenar la propia vida a la voluntad del Señor. La tristeza, por el contrario, surge de un corazón que es “como mar en tempestad, agitado por el viento de las pasiones desordenadas”. Es decir, cuando se construye una vida al margen del proyecto de Dios perdemos el enfoque y el objetivo fundamental de nuestra vida, perdiendo la oportunidad de experimentar la gracia del yugo suave y la carga ligera que es Dios y su reino.
Un efecto de la alegría evangélica en el creyente es el “fortalecimiento del espíritu frente a las pruebas y dificultades que encontramos en el camino de la vida y en el ejercicio de la virtud, que cuesta sacrificios y renuncias”. Si, por una parte, la vida y el testimonio de la fe requieren determinación, por la otra, la alegría es un ingrediente que alimenta nuestra perseverancia. En este sentido, San Guido recurre a la imagen del aceite que lubrica las ruedas del carro para mostrar el rol de la alegría en la vida cristiana. Finalmente, para San Guido la alegría tiene un efecto positivo en la vida de la persona que, gracias a ella, “hace todo con más ímpetu y entusiasmo; trabaja doblemente y con mayor perfección”.
Como podemos ver, el camino para alcanzar la alegría evangélica es un camino a contracorriente de lo que frecuentemente escuchamos en nuestra sociedad y cultura actual. Sin embargo, los efectos que produce en la vida de la persona son con mucho mejores. Toca a cada uno hacer una opción importante, ¿qué vas a decidir?



