Skip to main content
P. Rafael Aguilar Flores sx

“Entre jazmines y gratitud”

Vivir en Tailandia me ha permitido descubrir muchas cosas hermosas de esta cultura. Una de las que más me llama la atención durante este mes es la manera en que el pueblo tailandés celebra a las madres. El 12 de agosto, además de celebrarse el cumpleaños de la Reina Sirikit, la madre del actual Rey de Tailandia, también se celebra el Día de la Madre en todo el país. Las calles se llenan de color azul, flores de jazmín y expresiones de cariño y gratitud hacia las mamás. Aunque la Reina Sirikit ya ha partido de este mundo, su figura sigue profundamente unida al Día de la Madre aquí en Tailandia.

En las escuelas, los niños suelen arrodillarse frente a sus madres para agradecerles por la vida, el cuidado y el sacrificio. Muchas familias también visitan los templos budistas para ofrecer alimentos a los monjes y hacer obras buenas dedicadas a sus seres queridos. Aunque estas prácticas nacen desde la tradición budista, para nosotros como cristianos tienen un significado muy profundo, porque nos recuerdan el valor del amor, la gratitud y el servicio.

Como misionero, una de las cosas más interesantes es descubrir que, aunque nuestras religiones sean diferentes, existen valores humanos y espirituales que nos unen. La compasión, el respeto a los mayores y el agradecimiento son ejemplos muy claros. En la cultura tailandesa, la figura de la madre ocupa un lugar muy importante, esto me hace pensar en el cuarto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” (Ex 20,12). En medio de una sociedad que muchas veces vive deprisa y olvida agradecer, estas celebraciones ayudan a recordar la importancia de la familia y del reconocimiento a quienes nos han dado la vida.

Agosto coincide con un tiempo especial para muchos budistas conocido como Khao Phansa o “retiro de lluvias”. Durante este periodo, muchas personas intentan vivir con más disciplina espiritual, evitar vicios y realizar obras buenas. Aunque sea desde otra tradición religiosa, esto también puede inspirarnos como cristianos a revisar nuestra vida y preguntarnos cómo estamos viviendo nuestra fe y nuestro compromiso con los demás.

La misión no consiste solamente en hablar de Jesús con palabras, sino también en aprender a escuchar, valorar y amar la cultura de las personas con las que compartimos la vida. Dios ya ha sembrado semillas de bondad en los pueblos y culturas antes de nuestra llegada, nuestra tarea es descubrirlas y caminar juntos.

San Pablo decía: “Examínenlo todo y quédense con lo bueno” (1 Tes 5,21). Eso también aplica para la experiencia misionera en Tailandia, pues en medio de tantas diferencias culturales y religiosas, es posible encontrar signos de esperanza, respeto y compasión que nos ayudan a crecer mutuamente. En este mes de agosto, el testimonio de las familias tailandesas y su amor hacia las madres puede recordarnos que el amor agradecido también es un camino hacia Dios.