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No sé ni por dónde empezar. Fuiste algo simplemente mágico. Un voluntariado que se resume
en amor, resiliencia y una entrega que me transformó desde lo más profundo. Llegué con una
versión de mí, y regresé siendo otra. Una Mariana nueva. África, me hiciste crecer, me hiciste
ver la grandeza de Dios en cada amanecer, en cada mirada y en cada gesto de tu creación; me
permitiste conocer la sencillez y la majestuosidad de tu creación, corazones sinceros, amor
puro y una alegría que parecía no tener medida.
En esta experiencia me enfrenté a cosas que jamás imaginé: desde el shock cultural al llegar,
hasta la barrera del lenguaje —mitad swahili, mitad inglés y miles de dialectos y lenguas
madres de todas las tribus—, pasando por costumbres completamente distintas a las mías,
maneras nuevas de pensar y razonar, ritmos diferentes, silencios que decían mucho y sonrisas
que decían aún más. Fue retador, sí. Pero también profundamente satisfactorio. Estar inmersa
en un mundo tan distinto dentro del mismo planeta es una locura divina que te rompe, te
reconstruye y te ensancha el alma.
Pero si algo marcó mi corazón fue la providencia de Dios. La vi en los detalles más pequeños:
en un plato de arroz compartido entre muchos, en una sonrisa que aparecía justo cuando la
necesitaba, en la paz que sentía aun en medio del cansancio, y en la certeza de que Dios
estaba ahí, sosteniendo cada paso. África me enseñó que la providencia no solo se manifiesta
en lo grande, sino en lo cotidiano: en el agua que se comparte, en la mano que te ayuda, en el
abrazo que te recuerda que nunca estás sola.
Aprendí también el verdadero sentido de compartir. Allá, donde aparentemente hay poco,
descubrí que en realidad hay muchísimo. Que cuando uno posee menos, el corazón entrega
más. Que compartir no es dar lo que sobra, sino ofrecer lo que se tiene, incluso si es poco. Y
en ese intercambio descubrí a Dios obrando, multiplicando, llenando espacios que ni siquiera
sabía que estaban vacíos.
Y, aunque fui con la intención de servir, hoy sé que ellos me enseñaron más de lo que yo pude
enseñarles a ellos. Me mostraron lo que significa la gratitud pura, la fe sin complicaciones, la
alegría que brota incluso en la necesidad. Me revelaron que la vida es más simple cuando se
mira con ojos de esperanza, y que el amor, cuando es auténtico, une mundos enteros.
Sin duda alguna, el mayor aprendizaje que me llevo es que el amor no tiene límites y es, en sí
mismo, un idioma universal. África me recordó la esencia de lo humano, la belleza de lo simple,
la fuerza de la esperanza y la certeza de que, cuando uno se entrega a servir, Dios se encarga
de multiplicarlo todo.
MUNGU NI MWEMA KILA WAKATI.