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P. Rubén Macias sx

¿Cuál mejor arte y oficio que educar a misioneros?

“Anunciar el Evangelio a los no cristianos es el principal y único objetivo del Instituto; por ello, el impulso misionero debe inspirar toda la vida de sus miembros”. Estas palabras del P. Luigi Menegazzo, entonces superior general, expresan con claridad el corazón del carisma xaveriano: la misión ad gentes como opción fundamental, total y exclusiva de la vida. Leídas hoy, nos ayudan a comprender mejor un momento decisivo de la historia xaveriana en México: la apertura a las vocaciones locales y el inicio de una obra formativa profundamente arraigada en esta tierra.

Desde sus orígenes, San Guido María Conforti soñó con abrir una casa de formación “en la tierra de Xavier”. Al no ser posible realizar este proyecto en España, la Providencia condujo a los misioneros xaverianos a México. Fue el P. Cattenati quien, al comprometerse en el proyecto educativo del colegio ICO de Mazatlán, sentó las bases de una presencia que, con el paso de los años, se consolidaría y daría frutos abundantes.

Diez años después de la llegada de los primeros xaverianos a Mazatlán, el 7 de abril de 1961, arribaron a México los padres José Scremin y Luigi Grazzi, enviados por el entonces superior general, P. Juan Castelli. El encargo confiado al P. Scremin era claro y preciso: la fundación de un seminario de misiones. El colegio seguía siendo considerado un medio, valioso sin duda, pero subordinado al fin propio del Instituto: suscitar y formar vocaciones misioneras.

Con este horizonte, los padres Scremin y Marchetti iniciaron un intenso recorrido por diversas regiones del país —Morelia, Puebla, Tlaxcala, Guanajuato, Durango, Aguascalientes y Zacatecas— en busca de un lugar adecuado para la apertura del seminario. Tras un intento fallido en Morelia, el 4 de octubre de 1962 llegaron providencialmente a San Juan del Río, Querétaro. Allí fueron acogidos con generosidad por el párroco, el P. Felipe Lavigne, quien no solo les abrió las puertas de su parroquia, sino que apoyó decididamente el proyecto.

En ese contexto surgió una frase que se volvería emblemática. Al saber que un benefactor ofrecía un terreno para una escuela de artes y oficios, el P. Scremin exclamó: “¿Cuál mejor arte y oficio que educar a misioneros?”. Con esta convicción comenzó en San Juan del Río la ardua y fecunda tarea de formar vocaciones xaverianas mexicanas para la misión.

Desde entonces y hasta hoy, innumerables jóvenes han pasado por nuestros seminarios, en San Juan del Río y en otras casas de formación abiertas a lo largo de los años, entregando su vida al anuncio del Evangelio a los no cristianos, fieles al carisma y al sueño misionero de San Guido María Conforti. 

“En efecto, la vida apostólica unida a la profesión de los votos religiosos, constituye de por sí cuanto, de más perfecto, según el Evangelio, se puede concebir”. (CT 2) El Señor quería bien que este don, “el más perfecto”, pudiera ser asumido por nuestra juventud mexicana; gracias a tantos formadores, desde los Padres Scremin, Marchetti y tantos más ese don sigue estando a la mano de muchos que con generosidad responden al llamado del Señor: “vayan por todo el mundo y anuncien el evangelio” (Mc 16,15).