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P. Rafael Piras sx

Se fue el Año Jubilar

 Se cerraron todas las puertas que el papa Francisco abrió en Roma y en todo el mundo. La clausura en la Basílica de San Pedro tuvo lugar el 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor. Fue un año difícil para  nuestro mundo, marcado por guerras, violencia, secuestros, corrupción. Fue un acierto, entonces, que papa Francisco haya querido un Año Jubilar fundado en la esperanza. Un panorama oscuro, pero que tiene abierta una ventana al optimismo, a la esperanza.

Para muchos cristianos significó reflexión, acercamiento más personal a la propia fe. Se cerró un tiempo especial de la Iglesia. Sin embargo, lo que siempre va quedar abierto es el corazón misericordioso de Dios. La gracia divina no se cierra.

Se habla de que veinte millones de peregrinos llegaron a Roma. Otros millones de peregrinos que durante el año jubilar entraron por las puertas de sus catedrales. Se cerraron las puertas, pero lo que verdaderamente cuenta es que el corazón quede abierto. Que se abra a la escucha de la Palabra de Dios, se dilate cuando acoge al hermano, se fortifique cuando perdona y pide perdón. Cruzar la puerta ha sido un don que se vuelven puertas abiertas para los demás. Tendría que ser nuestra misión para el futuro. Abrirse a los demás. Es, para los cristianos, la posibilidad de abrir de par en par una puerta de esperanza para nuestro mundo. Un mundo que sufre y espera un acontecimiento que lo salve.

Todos corrimos el riesgo de cruzar la puerta sin haber dejado entrar a Dios en nuestro corazón. Se trata de pasar de testigos y guías que nos entrega la imagen de la vida de la Iglesia, que nunca se interrumpe. El Señor nunca abandona a su Iglesia, que hoy en día, el Papa León es su pastor y con Él camina decididamente.

Seguramente no fue un tiempo indiferente. El 6 de enero hemos elevado un himno de acción de gracia al Padre por todos los signos de su amor por nosotros. Se aloja en nuestros corazones la certeza y la esperanza de que su abrazo de misericordia y paz permanece abierto para todos los pueblos.

Todos los creyentes, después de este año de gracia están llamados a ser ministros de la misericordia de Dios; ser testigos y guías de esperanza y misericordia en nuestro ambiente cercano, en nuestra ciudad, en donde muchos han perdido la esperanza. ¡Cuántos, hombres y mujeres viven sin un futuro! Predomina la desesperanza. El cristiano tiene la certeza que la esperanza cristiana no es evasión, sino una decisión. Una decisión que tiene la mirada fija en el hermano que necesita; por lo menos podemos dar presencia. Una esperanza que se traduce en amor concreto, incluso en medio de las dificultades. La esperanza cristiana impulsa al creyente a entregar su vida por los demás. Se tiene la conciencia de que Dios ama sin condiciones. De ahí el compromiso de compartir lo que se tiene. El mundo, la sociedad que nos rodea busca cercanía, aspira a nuevas relaciones.