¿Que tal, querido lector? En esta ocasión, quisiera compartirte una reflexión sobre la migración. Verás, me encuentro fuera de México para estudiar inglés en USA en preparación a la misión en Tailandia. Todo es nuevo otra vez: la lengua, el clima, la comida, los sistemas de medición, las señales de tránsito… y sobre todo la gente.
Tuve que irme acostumbrando a ser llamado sudamericano, aunque en la primaria me hayan enseñado que la mayor parte de México es Norteamérica y que soy americano porque nuestro continente es América. Pero no, aquí hay la firme idea de que existen siete continentes: Asia, África, América del Norte, América del Sur, Antártida, Europa y Australia (Oceanía).
Me llama la atención que entre las personas que voy conociendo no he encontrado sino inmigrantes o descendientes de inmigrantes, pues, aunque algunos ya nacieron aquí, sus antepasados llegaron de países como Alemania, Inglaterra, Polonia, España, Hungría, Filipinas, Japón, China, Vietnam, Arabia Saudita y por supuesto México, entre otros más. Aunque es un problema social y económico, considero que la migración ha sido siempre una necesidad vital y una oportunidad para humanizarnos gracias a la riqueza cultural y diversidad de pensamiento.
En la Sagrada Escritura encontramos muchos momentos en los que los elegidos del Señor tuvieron que dejar su tierra para buscar mejores oportunidades de vida, como Abraham, a quien Dios le mandó dejar su lugar de origen para llegar a ser padre de las naciones (Gn 12, 1-20). También su bisnieto José, quien fue víctima de tráfico humano y llegó a vivir a Egipto (Gn 37, 12-35), de donde tiempo después, bajo el liderazgo de Moisés, el pueblo de Israel es liberado de la esclavitud (Éx 12, 37-51).
Durante mucho tiempo el pueblo de Dios tuvo que vivir en el exilio, resguardando su cultura con nostalgia y sufrimiento (Sal 137). Jesús mismo fue migrante, el Evangelio de Mateo nos presenta su infancia junto a sus padres José y María, ante una dura experiencia de emigración forzada (Mt 2, 13-15). Por su parte, el Evangelio de Lucas narra el nacimiento de Jesús en Belén de Judá, lejos de la ciudad donde estaban viviendo sus padres y en un establo "porque no había lugar para ellos en la posada" (Lc 2,7).
Jesús nos enseña que nuestro prójimo es aquel que necesita de nuestra ayuda en su caminar, como aquel que bajaba de Jerusalén a Jericó a quien asaltaron y golpearon dejándolo medio muerto (Lc 10, 25-37). No sabemos cuándo nos pueda tocar experimentar la realidad del fenómeno de la migración. Por ello, quisiera invitarte a tener siempre presente que sin importar el lugar donde nos encontremos, tengamos presente que cada ser humano es nuestro hermano y es preciso poner de lado aquello que pueda ser signo de división. Pues por la fe en Jesucristo, todos somos hijos de Dios, así que ya no hay distinción entre religión, género, raza o condición social, porque todos somos uno en Cristo (Gál 3, 26-28).

