Siempre pensamos que hay que hacer algo para los misioneros y misioneras que lo han dejado todo: patria, parientes, amigos; y fueron a predicar el evangelio a tierras lejanas. Alguna oración, algún donativo. Y nuestra consciencia se queda tranquila. Papa Francisco, mientras, nos recuerda que todo bautizado es discípulo-misionero de Cristo.
Todo cristiano está llamado a participar en esta misión universal con su propio testimonio evangélico en todos los ambientes, todos los días de su vida. ¡Cuántos cruces de caminos en nuestro mundo, en nuestra sociedad! Es necesario, por consiguiente, que todo cristiano vaya, salga de sí mismo. Luego del encuentro, habrá que invitar: “Vengan a las bodas” del reino de Dios.
La misión, como dice Papa Francisco, es un incansable ir e invitar a la fiesta del Señor, a sus bodas. Se trata de invitar a un encuentro de comunión con Dios.
No será una obligación, sino algo que me sale de adentro. Todo cristiano es enviado a vivir la dulce alegría de la evangelización. Es vida que se quiere comunicar y dar. Esto es ser discípulo-misionero de Cristo.
Como vemos, no es cuestión de ser misionero por un día; el día del DOMUND oraremos, sacrificaremos, daremos. La misión de la Iglesia es una responsabilidad de cada cristiano, de cada día.
No se trata tampoco solo de países no cristianos, estos primero. Nos hace recordar la oración de Guido María Conforti, fundador de los Xaverianos: ”Que sea, por todos, conocido y amado nuestro Señor Jesucristo”. Conocer, primero, para poder después amar. Bien sabemos que no se puede amar a alguien que no conocemos.
En nuestro mundo contemporáneo hay muchos cruces que están lejos de ser de Cristo, de pertenecer al reino de Dios. Y no se debe excluir a nadie. Todos, absolutamente todos, tienen que ser partícipes de las alegrías de la evangelización. Ésta es la misión de todo cristiano: llegar a todos, invitar a todos. Recordemos la Biblia: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Y Dios no miente. Y la verdad es Cristo que pertenece a todos, nadie excluido.
¿Cómo? Tenemos a nuestro alcance un medio extraordinario: nuestras celebraciones eucarísticas. Viviendo más intensamente cada Eucaristía nos ponemos en las disposiciones de Cristo, misionero del Padre. Viviremos, con él, la más profunda dimensión misionera. Podemos repetir con Papa Francisco: “A este propósito, reitero que no podemos acercarnos a la mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres”.
Una gracia inmensa: ser misioneros, por lo menos, cada domingo en la celebración de la misa. Tenemos el poder de ser misioneros cada misa que celebremos. Todo un pueblo dominical que cada domingo pide a Dios: envía misioneros a tu mies. Cada día son menos los generosos que escuchan tu invitación: vayan e inviten a todos al banquete. Por eso, Padre, hoy domingo te digo: manda más obreros a tu viña. La misión los necesita.



