En el mes de las misiones considero necesario recordar que el misionero no se anuncia a sí mismo, sino que es enviado para continuar la misión de Jesús. Precisamente el evangelio de San Juan presenta a Jesús como el enviado que “vino a su casa y no lo recibieron” (Jn 1, 1) y que “Dios amó tanto al mundo que le envió a su Hijo único” (Jn 3, 14-21). Así es, Jesús descendió del cielo no para hacer su voluntad sino la voluntad del que lo envió (Jn 6,38), vino con una misión enviado por el Padre, no para juzgar sino para salvar (Jn 12, 47). Jesús es el enviado del Padre (Jn 20, 21) que tiene la facultad de enviar igual que Él, y envía aun cuando sus seguidores tienen miedo, pues Dios confía en sus misioneros a pesar de sus limitaciones.
El evangelio de Lucas nos presenta la primera misión de Jesús como el anuncio de la buena nueva a los pobres, proclamando la libertad a los cautivos, dando la vista a los ciegos y poniendo en libertad a los oprimidos (Lc 4, 18). Y cuando lo buscaban respondía pidiendo ir a los lugares vecinos para predicar también allí porque para eso fue enviado (Mc 1, 38).
Según el evangelio de Marcos, Jesús instituyó a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar (Mc 3, 14), pero no los llama apóstoles hasta que fueron enviados. Jesús llama no solamente para estar con Él sino también para enviar. Los apóstoles son misioneros, son enviados, porque sus actividades están al servicio de la necesidad humana por Jesucristo. La misión de los apóstoles está fundada en la misión de Cristo, no presentando a su persona sino a la persona de Jesús, pues el misionero es imagen de Él.
Toda misión de los apóstoles tiene en vista el mismo efecto: hacer que la palabra de Jesús pueda alcanzar al hombre en su intimidad, en su autenticidad, al hombre concreto. El cristiano existe para hablar a los otros, así como Jesús vino para hablar a los otros, los lejanos, los necesitados.
Dios Padre queda en el origen y en el fin último de la misión. La misión tiene su origen en Dios, pero no puede volver antes de haber pasado por medio de los hombres (Is 55, 10-12). Dios no necesita el culto de nadie, necesita servidores, embajadores, enviados, para poder hablarles a los que todavía no lo han escuchado. Al enviado no le está permitido volver sin haber hecho lo que el mandante, Dios, le encomendó.
Cada misionero, cada enviado, ha de tomar conciencia de que la palabra que lleva es la misma palabra de Jesús por mandato de Dios Padre, y que, además, no está solo, sino que es guiado por el Espíritu Santo. El Espíritu de Dios que recibimos en el bautismo es quien nos fortifica para con valor, fe, esperanza y amor continuar con la misión de Jesús: “hacer del mundo una sola familia”.



