El Papa insiste en su Encíclica Laudato Si, que «todo está íntimamente relacionado» (n. 137). Esta es la base para una ecología integral. Se trata de una ecología que no separe lo ambiental de lo humano y lo humano de lo cultural y social. El término ecología versa sobre la casa común que es la Tierra. Es una casa donde todo está ordenado, como en el relato del Génesis, para la vida del ser humano en medio de su mundo natural. Dios puso un jardín con todos los elementos necesarios para la vida, lo físico y lo estético (frutos sabrosos para comer y gratos a la vista), pero también puso lo ético: el límite. Los primeros padres recibieron el encargo de cuidar y el mandato de comer de todo excepto del árbol del centro del jardín.
En ese contexto se trata de establecer los criterios para que esa vida pueda seguir adelante. Lo primero será poner límites para delimitar lo humano; lo segundo, percibir como todo está interconectado, y lo tercero, considerar la revolución de la ternura, del don y el bien común.
Los límites. Un cambio de paradigma empieza cuando se ponen en cuestión los dogmas creados que sustentan nuestro paradigma tecnocientífico: el productivismo y consumismo junto con la satisfacción del deseo. Estos dogmas tienen su apoyo en la ausencia de límites, físicos, éticos y sociales. Por tanto, lo que hay que hacer para cambiar hay que delimitar lo humano. Eso debe hacerse a nivel personal y a nivel social. Un paradigma no cambia si la mentalidad de la gente no cambia.
Hay que decirlo con claridad, no todo está permitido, no puedes hacer lo que quieras. Se trata de proponer nuevamente los imperativos categóricos kantianos. Cada uno de nosotros debe convertirse en legislador, de modo que la regla de nuestra acción pueda ser ley universal. Como lo dice Hans Jonas: «obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra». La versión negativa dice así: «No pongas en peligro las condiciones de la continuidad indefinida de la humanidad en la Tierra».
Interconectividad. Para que los efectos de nuestras acciones sean compatibles con la vida humana auténtica no debo consumir sin límite, deberé mirar antes las condiciones que lo ha producido; si esas condiciones son compatibles con la sostenibilidad del Planeta y con la dignidad humana. Deberemos limitar la producción sometida a un crecimiento ilimitado: es ilusorio pensar que el Planeta va a resistir este ritmo de producción como es hoy.
La ternura. El paradigma actual se asienta sobre la ignorancia de las consecuencias futuras de nuestras acciones presentes. Que sus hijos y nietos puedan vivir de un modo digno como personas: en un ambiente natural benigno y en una sociedad justa. No puedo quererlo todo, porque cualquier cosa no es compatible con la existencia humana íntegra en la Tierra. Una voluntad distorsionada se deja arrastrar por sus deseos sin control. La voluntad sana limita su deseo y lo limita a las necesidades humanas razonables: vivienda, alimento, vestido, cultura, educación, salud y comunicación.



